Fotografía

Capítulo sexto. Victoria.

El casino era un lugar fastuoso, a Victoria le gustaba pasar horas allí, envuelta en el ruido de las mesas, los gritos y las celebraciones. Adoraba el sabor del Champán recién descorchado y servido en las preciosas copas Pompadour de fino cristal liso.
Allí nunca se sentía sola y normalmente, pasaban muy pocos minutos de contemplación hasta que le abordaba algún viejo conocido del casino, algún amigo que volvía por la ruta del comercio del vino o las esposas que los acompañaban unos meses por la rutas exóticas del sur, para tener algo que contar a su vuelta a casa o porque el clima y la humedad, favorecía la curación de alguna afección pulmonar.
Victoria poseía debido a los contactos y a las nuevas y ricas amistades que hacía, la ropa apropiada en aquel lugar, aunque su hogar en la zona alta de la ciudad no presentaba ningún lujo particular y pasaba desapercibida.
Poseía y cuidaba vestidos de firmas de moda francesas, o americanas, pendientes de ónix, brazaletes de plata con incrustaciones de esmeralda, un anillo de platino y zafiros incrustados que nunca quitaba de su dedo anular o colgantes de perlas acabados en borlas de diminutas y perfectas perlas blancas que la mostraban siempre fresca y elegante.
Siempre tenía a mano su pitillera con el grabado de las tres doncella cogiendo las manzanas de oro del jardín de las Hespérides que encontró olvidado en un coche en la vuelta a casa una mañana hacía unos cuantos años, solía recoger su pelo con las peinetas de plata que había heredado de su tía abuela, y era de las pequeños tesoros familiares que había conseguido salvar.
La ciudad siempre se mostraba activa, pero las noches eran para el casino y los bares cercanos al puerto, donde el alcohol y la buena compañía hacían reverberar las cálidas noches isleñas.
Desde los ventanales del opulento Hotel del casino, en las plantas superiores, se encontraba en aquel momento Victoria, acompañada por los dos caballeros con los que había tenido que limar asperezas horas antes y evitar que intentaran sacar sus instintos masculinos primarios provocando un desastre de mesas y copas rotas. 
Habían acabado en una habitación del hotel con vistas al muelle, para charlar de forma más íntima y para no compartir con los demás una rara botella de Champagne Clicquot, hacer las paces y conocerse mejor. 
Se trataba de dos comerciantes cuya ruta hacía escala en el puerto de la ciudad, eran ricos y elegantes o al menos eso era lo que sugerían su aspecto y su forma de moverse. Tenían una compañía de grandes navíos que recorrían diferentes puntos del globo, llevando mercancía de aquí para allá. Aunque a Victoria, más que las vistas casi conseguía llamarle más la atención la capacidad para enfadarse y hacer las paces de un modo tan inconstante, como si tuvieran ocho años de modo repentino y toda la gracia que les envolvía pareciera una pose.
-Nuestra parada anterior fue Africa, es un lugar temible, con un calor desmedido. Para las próximas ocasiones, mi querido Francis, serás tú el que se encargue de esa ruta.
Los dos hombres se habían acomodado en el salón de la habitación presidencial con copas de Champagne recién servidas, y Victoria observaba el movimiento del muelle a aquellas horas y la calma del mar que lamía los cascos de los barcos atracados. 
-Entonces, mi querido Jhon, tendrías que dejarme a mi en exclusiva la maravillosa compañía de la señorita Victoria.
-Amigo mío, casi consigues salirte con la tuya, pero me temo que acabo de cambiar de opinión inmediatamente.
Ambos dirigieron una mirada divertida a Victoria, que seguía absorta en sus pensamientos, con la mirada perdida. 
John Davis, se levantó y se dirigió a ella, sujetándola de la cintura. Victoria acarició el dorso de su fuerte mano y notó su calor.
-Querida, nos has abandonado vilmente en medio de una charla sin sentido, en la que hablamos de ti intentando llamar como niños tu atención, sin que nos la prestes. 
-Mis pobres caballeros- dijo girándose hacia sus dos amigos- lo que deberíamos hacer es desplazarnos a la bonita bañera y tomar un buen baño de espuma.
Dejó su copa en el alféizar y se soltó las pequeñas peinetas que sujetaban la larga melena, y desvistiéndose camino al baño y dejando caer los zapatos y la ropa por el camino.
Cuando llegó a la bañera, abrió en grifo del agua caliente y el aroma a lima y verbena inundó la estancia al instante.
Francis Every ya se había desvestido casi al completo, y Jhon Davis, aparecía por la puerta aún con los pantalones de pinzas puestos. Victoria se acercó al último y le acarició el torso con la yema de los dedos, besando delicadamente el esternón, y notando como su fuerte corazón golpeaba violento su pecho. 
John sujetó la cara de Victoria con ambas manos y la besó largo rato en lo labios. Francis permaneció quieto observando a la pareja y se acercó a ellos hasta encontrar la mano de Victoria, que lo miró y lo llevó a la bañera, donde se zambulló y ella le acompañó, después de dejar caer su última prenda.
Ella se deslizó en el agua caliente y frotó su cuerpo con el de él y lo besó, parándose a recorrer sus tiernos labios con los dedos.
Los tres pasaron el resto de la noche juntos, recorrieron cada esquina de la habitación, desde el baño, a la cama y los sofás de la sala, exprimiendo la noche y su juventud, como si al día siguiente fuera  a acabar todo.

Victoria los había dejado en la cama y se había enfundado el albornoz del hotel y volvía a observar el amanecer desde el ventanal del salón.
-Las vistas son magníficas, quería ver el amanecer.
-Me gustaría que vieras nuestro barco, podrías hacernos una visita antes de partir- Jhon remoloneó frotando su rostro en el cuello de ella y Victoria le acarició el pelo, así como estaban mirando al puerto.
-¿Cuando parten?
-Por la noche.
-Bueno, entonces tenemos tiempo de desayunar, ¿no?
-Por supuesto querida, ¿Qué deseas tomar?
-De todo.
John corrió divertido al telefonillo y solicitó un desayuno continental para tres a la habitación y Victoria, se acercó a la cama a despertar a Francis que permanecía aún sumido en un sueño profundo.
-Arriba dormilón, nos traen el desayuno antes de hacer una excursión.
John se tumbó en la cama junto a él y Victoria dejó caer el albornoz.
-Podríamos divertirnos con un juego antes- dijo Victoria uniéndose a sus dos amantes y dejando caer su cuerpo desnudo sobre Jhon.
-Supongo que  podemos estar de acuerdo.

Desayunaron de manera copiosa, se vistieron con las mismas ropas de la noche anterior y al salir del hotel, montaron en el coche de huéspedes que les llevó hasta el malecón donde se hallaba atracado el buque de carga.
Estaba dotado de algunos camarotes para la tripulación y posibles pasajeros, aunque su objetivo real, como muy bien le aclararon Jhon y Francis era el transporte de mercancías. Lucía imponente bajo el sol de la mañana, su pintura Blanca y azul y acabados dorados en las barandas que lo rodeaban y en las escaleras exteriores, que llevaban de una planta a otra de camarotes y a la sala de control. Había un trasiego enorme de trabajadores que se afanaban en limpiar la superficie y organizar el cargamento de vino de última hora, para partir al anochecer.
-Espero querida Victoria que nos acompañe esta noche en nuestro humilde camarote principal, a tomar una deliciosa cena antes de partir y nos despida debidamente.
-No sé si podré soportar la pena de despedirme y no soltar algunas lágrimas de pena.
-Querida, charlaremos y quemaremos las últimas horas en la isla contigo, concédenos este último deseo nuestro, quién sabe qué podría ocurrirnos y quién sabe si esta situación pueda volver a darse- dijo Jhon tomándola de la mano.
-Entiendo, quién sabe si alguna esposa puede esperarles a la vuelta en alguna de las ciudades al otro lado del océano.
-No nos mortifiques de esa manera, ya sabes que después de ti, será muy difícil que alcancemos la felicidad con otra mujer del planeta.
-Me pregunto con cuantas se juegan las mismas cartas, pero no sé decir que no a un buen banquete.
-Perfecto entonces- dijo Francis.
-El chófer te recogerá a eso de las siete. Nosotros tenemos papeleo que rellenar, y facturas que pagar antes de poder partir, así que debemos darnos algo de prisa. 

Victoria sabía lo que se hacía, pero al pasar el día y empezar a prepararse para la noche, vio su reflejo en el tocador y se sintió diferente.

Capítulo quinto. El del sabor amargo.

Gerhard contuvo la respiración unos pocos segundo mientras se zambullía y emergió boca arriba, quedando así todo en silencio. Cuando quería tener visiones era la mejor manera.
La antesala de esas experiencias o cómo se quisieran llamar, eran un cosquilleo en la nuca, la sensación de vacío y un sonido grave y prolongado, hasta que todo para de golpe y podía ver otro lugar u otra época. Estar en el agua flotando le venía perfecto.
Había experimentado por primera vez ese trance o experiencia onírica muy vívida unos años antes en una fiesta universitaria, después de consumir de todo lo que pasó por sus manos. Recordaba haber perdido la consciencia y haber despertado en una habitación de hospital con la mano de su madre apretando fuertemente la suya, hasta que despertó y ella no paraba de gritar y mostrarse tan enfadada que las enfermeras acudieron a poner calma.
Hacía dos generaciones que su familia había decidido asentarse en la isla. Sus raíces se encontraban allí y se había acumulado un inmenso capital haciendo negocios y excelentes relaciones con las exportaciones y las importaciones en la isla, sobre todo las que tenían que ver con la agricultura. Las siguientes generaciones no solo pudieron vivir de la fortuna heredada, sino que siguieron la senda de los negocios, e incluso consiguieron que el capital continuara aumentando.
Gerhard vivía en un gran chalet familiar en el área norte de  la isla, una de las más verdes y con mejores vistas de todo el litoral. Su madre le había dejado instalarse en el pequeño apartamento situado junto a la piscina desde que se había ido a la universidad e incluso después de dejarla, quedándose allí de manera permanente. Para los dos era la mejor manera de no inmiscuirse demasiado el uno en la vida del otro.
Abrió los ojos estando boca arriba flotando en el agua y vio la noche estrellada, y le provocó el sosiego que buscaba. Volvió a cerrar los ojos poco a poco.
En esta ocasión, después de experimentar los síntomas habituales de vacío o cosquilleo, tuvo una visión de espuma de jabón, de tres cuerpos que se mezclaban en ella. Un sabor amargo le saturó las papilas gustativas y comenzaron a solaparse uno tras otro rápidos fogonazos de imágenes, de cuerpos, espuma, calor, hasta tener una visión de sangre que le sobresaltó y le hizo sentir extraño. Le mojó los labios y se le erizó todo el bello del cuerpo.
Un golpe en su torso que le provocó una sacudida y tragar una bocanada completa de agua.
Se desplazo chapoteando hacia la escalera de piedra de la piscina, y sujetándose el estómago, intento expulsar toda el agua que había tragado y recuperar el aliento.
-Ya hemos vuelto- dijo su madre vestida de gala y a todas luces ebria-. ¿No quieres jugar a la pelota?
-No soy una foca madre, espero que no intentes matarme cada vez que llegues de fiesta, porque te quedarías sin tu único heredero- Su madre respondió de pie como estaba junto al borde de la piscina, perdiendo la mirada en los párpados- ¿No lo has pasado bien madre?
-Los muermos de siempre, con las mismas frases hechas y las mismas felicitaciones manidas, no creas que olvidaré tan rápido que no has querido aparecer y liberarme de algo de presión.
-Seguro que así te quedó mucha más barra libre y menos situaciones embarazosas a las que sabes que puedo exponerte.
-Hazte a un lado, me ha dado calor- dijo la madre empezando a descender las escaleras de la piscina, sin quitarse ni una sola de las prendas que llevaba puestas.
-Con los zapatos no, vas a ensuciar el agua.
-Es una pena- dijo antes de zambullir su cuerpo completo hasta acurrucarse en el fondo de la piscina y volver a emerger mirándolo divertida.
-Supongo que ya sabes quién preguntó por ti.
-Me da igual madre.
-Es mona y su padre es uno de nuestros grandes activos, deberías hacerle caso.
-No me interesa.
-Ha llegado un punto en que me mata la curiosidad por saber qué te interesa. Piensa que estás demasiado desaprovechado y no lo digo solo porque seas mi hijo, es una cosa evidente- dijo acercándose nuevamente a la escalera- Eres guapísimo y no hay más que hablar.
-Me ves con buenos ojos- dijo Gerhard mientras se incorporaba y le tendía la mano para ayudarla a descender por las escaleras.
- Te viene de familia. Lo que no viene es no tener más compañía y no pienses que no observo la posibilidad de que te pueda interesar un hombre, en el fondo me encantaría.
-Llevas preguntándome si soy gay desde no sé cuándo y madre por enésima vez, no lo soy.
-Pues espero que no tengas un gusto pésimo con las mujeres.
-A mi me gustas tú, con tu ropa empapada, tu rímel corrido, tu aspecto lamentable en general.
-Ay, mi niño bonito- le dijo dándole un apretón en la mano- ¿Sabes lo que me apetece?
-¿Un baño?
-Sí y cuando salga de la bañera, una sopa bien caliente.
-Eso es fácil.
-De acuerdo.

Para Gerhard en el fondo su madre suponía un respiro. Sencillamente no le agobiaba, nunca parecía importarle nada. A él no le interesaba demasiado agobiarla tampoco con sus asuntos, así que aunque en el fondo tenían una buena relación, ni siquiera a ella le había contado nada sobre sus visiones, o sueños, o lo que quiera que fuese eso que le sucedía.
Tenía una libreta escondida donde hacía anotaciones sueltas, no se fiaba ni de su ordenador. Anotaba los elementos, como los de hacía un rato: espuma, cuerpos, quizás Champagne o alguna bebida algo amarga, sangre.


Lo anotaba buscando algún tipo de relación, sin conseguirlo hasta el momento. En ocasiones era fogonazos frenéticos de imágenes, una sensación en ocasiones desagradable y en otras más que  agradable, era como meter la mano en una caja de bombones y sacar un sabor diferente cada vez.

Capítulo cuarto. El de lo que pasa después de la primera vez.

-Parece que no se va a despertar nunca.
-Calla.
-A mi no me mandes a callar.
-Soy mayor que tú y te mando a callar si me da la gana.
-Se lo diré a Lenina si sigues tratándome así y escondiendo mis cosas.
-Pobre niño tonto- dijo Amelia desordenándole los mechones rubios a Nelken que se encontraba al otro lado de la camilla donde Clara estaba aún inconsciente.
-Déjame en paz estúpida.
-Calla, ya se despierta. Llama a Lenina.
-Llámala tú si no quieres que le cuente que la has despertado.
-Imbécil.
-Imbécil tú.
Amelia desapareció por la puerta de la sala de enfermería. Una sala perfectamente blanca y aséptica con una camilla, donde reposaba Clara y máquinas monitorizando las pulsaciones y todos los posibles cambios en su cuerpo.
-¿El primer viaje es jodido verdad?
Clara hizo un esfuerzo por ver la cara de la persona que tenía encima de ella observándola y que parecía hablarle divertido. La luz intensa le hacía daño, le dolían los ojos y la cabeza. Se llevó los dedos a los ojos para frotárselo por el dolor y tiro de los sueros que tenía inyectados en ella, los toco con preocupación.
-Tranquila- dijo Nelken sujetándole la mano y llevándola a su costado donde la tenía-. No te toques nada de esto, te ayudará a recomponerte.
-Me están drogando, ¿Por qué me hacen esto?
Nelken contuvo una carcajada y la miró como a un proyecto de ciencias.
-¿No creerás que somos una secta verdad?
-¿Quién eres? Quiero irme de aquí- dijo intentando incorporarse.
-Espera inagotable. Mira, yo me llamo Nelken, no somos una secta, aunque el hecho de estar bajo tierra y haberte dado algo que te ha dejado un poquito en cama un par de horas, lo mismo es normal que lo pienses, eso solo ocurre la primera vez, luego el cuerpo se adapta, en realidad es el estado normal. De verdad que no somos una secta, te lo prometo. lo que te ocurre es que Amelia fue a buscarte y es un poco borde, porque se cree Ronda Rousey y bueno, es fuerte pero se lo tiene un poco creído, además me esconde la consola y se come mi helado de chocolate, pero me da igual yo entro en su habitación y le robo lo que puedo. 
-Este tío está loco.
-No sé si sabes que puedo oírte- Dirigió la mirada a la puerta por donde caminaban apresuradas Lenina y Amelia- Cree que somos una secta.
-Cállate Nelken- dijo Lenina sin apartar la vista de Clara- ¿Cómo te encuentras mi niña?
-Yo solo digo, que a lo mejor deberíamos actualizar un poquito los métodos, la ubicación a un lugar donde nos de la luz solar. Pero no a un rancho de Waco ¡eh!
Tres caras escudriñaban cada una de las expresiones y parpadeos del rostro de Clara.
-¿Qué es todo esto? ¿Por qué no me dejan marchar?
-Entiendo que estés asustada, pero te prometo que mañana todo está mejor y podremos hablar de todo.
-Yo no quiero estar aquí.
-Lenina, podríamos llevarla a su habitación e instalarla allí para que esté más cómoda
-Sí, esta habitación es muy de secta.
-Nelken, deja que se recupere primero antes de empezar a desesperarla con tu eterna charla.
La acomodaron en una silla de ruedas, le quitaron el suero de la mano y la pinza del dedo que monitorizaba las pulsaciones. Se percató de ir con una bata blanca y no con la ropa que había elegido hacia unas horas, y se tocó desesperada para comprobar que no estaba completamente desnuda y que al menos conservaba su ropa interior.
-¿Dónde está mi ropa?
-Donde debe estar, en la basura.
-¿Quién me ha desnudado?
-A Federica te la presentamos mañana, ahora está durmiendo, es quien nos cuida a todos.
Empezaron a moverla desde la habitación que parecía una enfermería al uso, por otro juego de pasillos y luego de túneles como los que ya había visto horas antes hasta una zona llena de puertas a los lados.
-Aquí están todas la habitaciones, la tuya está chula, te va a gustar, cada una tiene, tele, baño, y de todo lo que puedas necesitar, la mía está al lado de la tuya, pero si tocas la pared no te escucharé porque esto es piedra volcánica y te quedarías sin nudillos.
-Gracias al cielo que no se te oye- dijo Amelia.
-Bueno, si te aburres y no puedes dormir y quieres jugar a la consola, tocas en la puerta siguiente a la tuya.
Tanto los pasillos como los túneles, estaban perfectamente iluminados, no se respiraba con dificultad, ni sentía que fuera un lugar poco higiénico, al contrario, parecía la entrada de la casa de un Hobbit, era acogedor, con pequeños adornos en algunas paredes, grandes lienzos del mar, hacían tener una extraña sensación allí dentro. 
Las puertas de las habitaciones eran de madera, anchas y pesadas. Se pararon en una de ellas a mano derecha.
-¡Et Voilà!
-Te ayudo a levantarte- Amelia la agarró por un costado- Sujétate a mi cuello.
Clara se dio cuenta de lo fuerte que era. Nelken abrió la puerta de madera maciza y pudo ver la amplia estancia cuyos colores predominantes eran los negros, marrones y terracotas.
Era una estancia espaciosa, diáfana y muy confortable. Cuando Amelia la condujo a la cama y la sentó allí, sus ojos recorrían cada detalle. El mullido colchón, una monstruosa televisión plana en la pared frontal, el lujoso diván al fondo con una librería repleta de anchos volúmenes en piel en la pared lateral, las lámparas elegantes y minimalistas, un tocador con un espejo rústico, las puertas de lo que parecía un armario de proporciones desorbitares para ella y al fondo, vislumbró lo que debía ser el baño, con un lavamanos en madera y piedra pulida y una enorme ducha con los mismos acabados acotada por cristal y grifería en plata reluciente.
Nelken se apresuraba a abrir cada puerta y a señalar para punto de la habitación.
- Esto es la biblioteca, hay libros de todo tipo, pero todos muy viejos, si quieres cosas guays me las tienes que pedir a mi, en el baño tienes de todo, toallas, champú, gel y todos esos potingues que se ponen las chicas.
-Será posible- dijo Amelia- ¿Y los potingues que desaparecen de mi cuarto quién se los pondrá?
-Seguro que Federica.
-Claro que sí.
-Todo esto es tu armario, como sabían tu talla, tiene mucha ropa nueva y zapatos de todo tipo- dijo Nelken mientras abría las puertas y descubría lo que era un vestidor repleto de ropa perfectamente colocada-. Si no quieres que te atrape la dictadura del estilo de Amelia, deberías poner tus condiciones.
-Me gusta la gente bien vestida, eso es todo- se justificó Amelia.
-Está bien.
Los tres se miraron sorprendidos por esa primera frase carente de histeria de Clara por el momento después de minutos en completo silencio y de horas de preguntas y nerviosismo.
Lenina que se encontraba en la puerta de la habitación en una perfecta postura aristocrática que la caracterizaba, se echó a reír.
-Me alegra ver que todo es de tu gusto. Tienes un teléfono en la mesilla que solo debes descolgar si necesitas cualquier cosa. Mañana desayunamos a las nueve normalmente, aunque los hay que no respetan las rutinas como debería ser, me gustaría que me acompañaras y a los que se dignen a aparecer y charlaremos un rato de un modo más calmado- dijo Lenina mirando a Amelia y Nelken-. Si quieres mandamos a que te despierten porque supongo que aún te costará saber qué hora es estando aquí abajo.
Clara continuo en silencio largo rato, hasta que todos se marcharon de la habitación y cerraron la puerta. Hizo un esfuerzo por incorporarse ella sola y recorrió analizando cada palmo de la habitación.
Nunca hubiera imaginado ver un lugar así de elegante y mucho menos dormir en el. Hasta las sábanas era de seda en colores oscuros, los almohadones de la cama era como apoyar el rostro en nubes celestiales y el baño era tan magnífico que la hacía sentir sucia. Como iba descalza el tacto de las alfombras era suave y al pararse de analizar mejor la ropa que colgaba ordenadamente de las perchas, se dio cuenta de que en el fondo, se debieron haber tomado muchas molestias en elegir cada pieza, incluso la ropa interior era de su talla y las botas y zapatos.
Aquella ropa era la que le hubiera gustado llevar en sus fantasías y ahora la tenía a su disposición. Se sentía contenta, casi que empezó a creer que no era real, que quizás fuera todo un sueño. Se recostó sobre la cama, tapándose con la misma colcha doblada y la fatiga por el sobre esfuerzo de las horas anteriores la dejó en fuera de juego, se sumió en un sueño tan profundo que tuvo visiones nuevamente, algo confusas y desordenadas y volaban los rostros de todas las personas que conocía aquí y allá, que la miraban fijamente mientras ella se encontraba en bata y descalza en medio de una playa de callados que le hacía daño en la planta de los pies.
Un regusto a agua salada le inundó la boca, agua salada y algo similar al regusto oxidado que deja la sangre cuando te chupas un pequeño corte en un dedo.

Clara se sentía flotar, como mecida por la marea en la profundidad del mar, muy pegada a la arena del fondo, donde reposaban algas y piedras y se ocultaban pequeños peces sorprendidos por su presencia. 
Cuando alzó la mirada supo que era de noche, el brillo de las estrellas y una enorme luna reflejaban en aquel entorno sin gravedad, que era el océano pero en el que parecía poder respirar sin dificultad. Se deslizaba con ademanes elegantes, como si ella misma fuera otro pez que se ocultaba en el fondo marino y percibía cada movimiento, cada ruido y cada sabor a su alrededor. El mismo regusto a óxido le colmó todas las papilas gustativas y se sintió excitada, extasiada por aquella sensación y entró en pánico.
Le vino de golpe la imagen de su madre, su rostro matizado por el humo del tabaco.


Cuando Clara visitaba a su madre, volvían todos los remordimientos. Las cosas que nunca hizo, las que sí hizo y no debió hacer, y sobre todo el motivo por el que debía quedarse más y no podía. 
La reclamaban sus obligaciones, su odiado trabajo, la rutina, hacer la colada, limpiar el minúsculo apartamento como si a alguien le importara.
Cuando volvía a quedarse en su habitación de adolescente volvía todo de golpe, la misma soledad, el olor a la comida recién hecha, las discusiones con su hermano que siempre quería irse y dejarlas solas en la cena. Todo eso ya no volvería, pero lo rememoraba tumbada en la cama, y deseaba no tener que volver a levantarse, porque la vida iba a ser otra cosa. 
Cogió una cerveza fría en la cocina de su madre, mientras ella se distraía mirando cocerse la cena al fuego con un cigarrillo entre los dedos y salió a la terraza a perderse en el atardecer.
-Ey pequeña borracha.
Tras la puerta de la entrada, como cuando eran pequeños, como si todo fuera un eco de lo mismo.
-¿Cómo sabías que estaba aquí?
-Intuición etílica.
-Es solo una cerveza.
-Pues saca otra y haz de buena anfitriona.
-Le digo a Elisa que te quedas a cenar.
-Si no me queda más remedio.
Agarró el botellín de cerveza de Clara, picándole un ojo y bebiendo un buen trago, a pesar de la cara de desaprobación de ella. En ese preciso instante, Héctor salía por la puerta.
-Me voy escoria- dijo agarrando el botellín y tomando otro trago hasta vaciarlo- ¡Vaya! me lo he acabado hermanita-. Devolvió el botellín a Claudio que sonreía cómplice y se perdió calle arriba sin esperar a la cena y sin decir nada como hacía siempre.
-Deberías tratar mejor a tus invitados, porque si me das una cerveza vacía voy a empezar a creer que me estás echando.
-Dame eso imbécil.
-Qué bonita te pones cuando me insultas. Solo espero por tu salud sentimental- dijo mientras se pasaba las mano por el pelo- Que cuando tengas visita en tu pisito de soltera, no la atiendas tan mal, lo mismo se van y no vuelven.
Clara resopló divertida mirándolo fijamente.
-Te la vas a ganar.
-Tú y cuántas más- dijo Claudio adoptando una pose de boxeador- Venga borrachuza, dame fuerte si puedes.
Se abalanzó sobre él soltando un grito absurdo que hizo salir a su madre de la cocina. Clara ya estaba sobre Claudio en el suelo de la entrada, forcejeando y riendo.
-¿Qué pasa aquí?
-Elisa- soltó en un hilo de voz Claudio, haciendo fuerzas aún para sujetarle los brazos a Clara- Estamos ensayando una obra de teatro.
-Ya veo. ¿Y este botellín vacío en el suelo Clara? 
Clara volteo la mirada hacia su madre y se levantó dejando a Claudio aún en el suelo con las manos en posición defensiva. Tomó el botellín de las manos de su madre y dirigiéndose en un tono entre humorístico y despectivo le habló a Claudio como a un perrito que se acaba de hacer pis en la alfombra del salón.
-Venga, deja de hacer el tonto de una vez y ayúdanos a poner la mesa. Entrando al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa burlona.
-Te ayudo a levantarte- dijo Elisa acercándose divertida a él- me alegro de verte, ¿Cómo están tus padres?
-Bien, ya sabe, liados con el trabajo.
-¿Te gustaba la sopa de pollo verdad?
-A mi me gusta todo lo que tu haces Elisa, ya lo sabes.
-¡Por favor!- dijo Clara- Madre, no te dejes adular por este mangante, es un pelota, ya lo era en el colegio- Qué bonito vestido señorita Martina, ¿Se ha hecho algo diferente en el pelo? Le favorece muchísimo.
-Lo que le ocurre a tu hija, es que no tiene don de gentes, se queda callada y se cree que el mundo entero le debe pleitesía.
-Siéntate idiota. ¿Quieres otra cerveza?
-Claro señorita Clara.
-Mamá, no fumes ahora en la mesa.
-A mi me da igual Elisa.
-Eres un maldito pelota- le dijo Clara cuando le acercó el botellín a la mesa ya casi lista.
-Lo que soy es el mejor y todos me adoran.
-Yo no.
-Yo sí Claudio- dijo la madre mientras se encendía otro de sus finos cigarrillos y tomaba asiento en el otro extrema de la mesa.
Todos rieron durante unos segundos y luego simplemente cenaron charlando de las banalidades de siempre. De los vecinos, de los nuevos cotilleos que Elisa controlaba tan bien, de las nuevas casas que se construían a las afueras del pueblo y de las veces que se metían en líos como si fueran las mejores aventuras de sus vidas.

-¿Cuándo vas a cambiar este colchón?
-En el fondo te encanta.
Clara y Claudio, como solían hacer casi siempre que estaban juntos, se tumbaron en la cama mirando al techo uno junto al otro. En aquella habitación con un televisor diminuto habían descubierto las aventuras de Super Mario, siendo aún muy pequeños, Dawson Crece o más adelante los clásicos del cine como Drácula de Coppola, comiendo pizza, Lays a la vinagreta y paquetes de Malteser tamaño familiar.
-¿Recuerdas cuando empezamos a ver Alien y te entró el pánico y tuvimos que quitarla?
Clara respondió con una risa infantil.
-Y cuando te gustaba aquel imbécil que vivió aquí unos años y no le gustaba ver películas. ¿A qué tipo de personaje no le gusta el cine Clara? ¿Por qué no te buscas nunca a nadie normal?
Claudio se incorporó y se colocó de lado, apoyando su cabeza en la mano como solía hacer cuando quería contarle algo más serio.
-¿Por qué no vuelves? Sabes que mi familia te daría trabajo.
-No puedo Clau y lo sabes. No es justo ni apropiado y no sé si soportaría estar aquí, me sentiría más estancada de lo que estoy ahora, al menos así siento que hago algo.
-No estás haciendo nada, más que quemar días, soportar a la gentuza de tu trabajo y gastar parte de tu dinero en un alquiler.
-El piso está bien, me da libertad.
-Una tienda de campaña está mejor que tu piso.
-Recuérdame eso cuando quieras dormir la mona allí.
-Tu hermano no siente ningún complejo, simplemente vive aquí, le hace compañía a tu madre, trabaja donde siempre, de vez en cuando tiene una novia nueva y nunca pierde la sonrisa.
-Mi hermano prefiere no pensar en nada, pero yo no puedo evitarlo. Yo esperaba poder cambiar algo.
-La vida es lo que tú quieres que sea, y tú siempre has querido que no te salga bien nada.
-Eso es cruel hasta viniendo de ti.
-Sabes a lo que me refiero.
-¿Y cuál es tu plan? Si te parece me puedo quedar a vivir aquí, en el pueblo contigo, nos podemos casar incluso, tus padres me conseguirían un buen trabajo, no sé, quizás uno o dos niños y así podré sentir que hago algo útil por la vida.
-Vete a la mierda.
-Dime que harías en mi lugar.
-Sabes que soy un buen partido y hago unas cositas con la lengua que las vuelven locas.
-No se puede hablar contigo- dijo incorporándose- Si vas a empezar a contarme tus aventuras sexuales me pongo a gritar ahora mismo, te lo juro- ¡Mamá!
Claudio, tiró de la camiseta hacia atrás y comenzó a hacerle cosquillas mientras gritaban y reían.
-Me va a salir la sopa por la nariz imbécil.

Se despertó de un salto que la dejó incorporada en la cama. Sudaba a mares y se sentía aturdida y mareada, se permitió unos segundos para recordar donde se encontraba y acudió al tocador donde había una jarra de cristal y unos vasos perfectamente colocados. Temblando se sirvió y bebió apresurada hasta derramar la mayor parte por su barbilla y por la bata. Continuó hasta dejar el vaso vacío. Corrió a la taza y vomitó el poco líquido que había conseguido ingerir y se sintió tan mal, que se desnudó y se metió en la enorme ducha dejando caer el agua caliente sobre su cuerpo.
Se sentó en el suelo bajo el grifo que derramaba abundante agua y cerró los ojos.
El vaho empañó todo el cristal que rodeaba la ducha y permaneció allí hasta que su cuerpo se recompuso. Volvió a la cama y la despertaron unos golpes en la puerta.

Capítulo tercero. El de cuando Lenina le muestra parte del camino.


-Ya nos conocíamos de antes- dijo la anciana- No creo que pudieras recordarlo así por las buenas, pero cuando eras muy pequeña, nos vimos.
-No lo recuerdo - dijo Clara mientras tomaba asiento.
Se acercó a ella, con una larga pipa de cristal y metal, que gorgoteaba. 
-Siéntate bien querida, como alguien de tu clase, con dignidad, no como cuando estás rodeada de cucarachas y debes confundirte con ellas.
-Yo soy de perfil bajo, no hay nada malo en ello.
-No, si no eres nadie, pero ese no es tu caso. Aún no has despertado a la verdad, pero cuando lo hagas y sepas quién eres... .
-Parece que acabara de caer en la madriguera del conejo y la verdad es que nada tiene sentido para mi, yo sabía perfectamente quién era hasta esta mañana-. Ya hablaba sin parase a tomar aire, de forma rápida y atropellada- ¿Qué es todo esto? ¿Y usted? nadie me dice ni su nombre, me obligan a venir a este lugar a la fuerza, no puedo ir al trabajo, voy a tener verdaderos problemas.
Tomó asiento a su lado, muy cerca y con una de sus manos, le sujetó la cara por la barbilla y notaba el frío contacto de sus anillos enormes y de sus uñas postizas. Sus ojos eran como taladros, la hacían sentirse más desorientada aún, mirando aquella extraña pipa y cavilando la posibilidad de que podían estarla drogando. El miedo volvió como un tortazo, de golpe y ella le sujetó con más fuerza.
-No te vamos a hacer nada malo, es lo primero que debes entender, ¿Para qué nos tomaríamos tantas molestias en ese caso?
-Órganos, vientres de alquiler, mano de obra esclava.
-¡Ay cielo! - río a carcajadas y le soltó apartando la mirada. Se reía con todo el cuerpo-. Nos ha salido una conspiranoica, aquí te va a ir bien. ¿Sabes algo de tu familia supongo?
-¿Qué?
-Tienes algunas fotos en casa de Victoria por ejemplo, seguro que tu madre Elisa te ha hablado de ella.
-Espera, ¿Cómo puedes saber que tengo fotos en casa? Deberías decirle a esa tal Amelia, que debe respetar la propiedad privada.
-No fue Amelia, lo sabemos desde siempre.
Se hizo un silencio tenso, empezaba a hilvanar lentamente toda la información que le iba dando esa especie de abuela salida de un episodio de “Falcon Crest”.
-¿La conocías?
-No somos inmortales cariño, quizás nos estás sobreestimando, pero todos tenemos la obligación de saber quién fue.
-¿Desde cuándo me espían?
-Desde el principio.
-¿Esto es como una secuela de Matrix? ¿Y por qué no sé su nombre? ¿Por qué me oculta tanta información? y sobre todo ¿Por qué no quedamos en una cafetería cualquiera? al venir aquí no puede pretender que me quede tan tranquila
-Yo  me llamo Lenina Osmond y a Amelia ya la conoces, a los demás te los presentaremos luego, no tengas prisa y te repito que no debes tener miedo mi niña, todo estará bien, pero las prisas nunca fueron mi estilo, si no a mi edad no podría tener este cutis.
Le contó aspectos de su pasado, detalles de su vida que ni ella misma recordaba tener en algunos casos y en otros tenía un vago recuerdo infantil que creía completamente sesgado por esa manía de la memoria de manipularnos como un ilusionista, solo pudo permanecer en silencio e intentar poner orden en su cabeza.
-Ese es tu pasado. Pero si quieres saber más, solo debes relajarte y confiar.
-Sigo con un poco de jaqueca, mejor otro día.
Quería levantarse y marcharse, no quería parecer con la guardia baja o débil, pero ella simplemente le señaló con su arrugado y adornado dedo índice y desistió. Era inútil, estaba en una cueva en un lugar indeterminado del centro de la isla. No era un lugar tan grande, ellos la perseguirían y la atraparían de nuevo, y quién podía saber si tan amistosos como lo habían sido ahora, al fin y al cabo conocía sus caras, su coche, aunque ni se hubiera parado a mirar la matrícula.
-¡Mierda!
-Dime querida- Apuró su pipa y se le acercó soltando en su rostro el humo -¿Qué ves? 
En cuestión de segundos no solo no veía nada, sino que tosiendo, apartando el humo de su cara se dio cuenta de que ya no se encontraba donde creía estar.
Frente a ella, sí estaba Lenina, clavándole la mirada, pero todo a su alrededor era un paisaje extraño.
-Me llamo Clara.
-Ya lo sé cariño, ¿Qué ves?
Se impresionó, su cuerpo estaba tenso. Una sensación de ardor se instaló en su nuca unos segundos y luego un fuerte sonido pareció inundarlo todo, como el sonido prolongado de un gong.
-¿Dónde coño estoy?
-Relájate, pronto lo sabrás y charlaremos sobre de ello.
Lenina parecía estar adaptada a aquel extraño brebaje que fumaba de aquella forma tan estudiada, tan meticulosa, pero para Clara fue como entrar en una extraña espiral de vacío, y al mismo tiempo de vértigo y calma.
Victoria estaba frente a ella, parecía estar allí esperándola de manera premeditada, muy quieta y sonriente, como en las fotografías que conservaba. Iba con uno de esos trajes largos y el pelo recogido, un pañuelo negro con bordados florales le cubría los hombros.
-Hola Clara.
-Sabía que esta gente quería drogarme. Dime qué puedo hacer, cómo me puedo escapar.
-Si esto fuera una alucinación, no tendría sentido que me pidas ayuda.
-Bien visto. Pero no entiendo qué ocurre aquí.
-Nada del otro mundo, quizás ha llegado tu momento como me ocurrió a mi - paró por un momento de hablarle y tras quedarse observándole unos pocos segundos, volvió a sonreír- Nos parecemos ¿No?
-Pero no lo comprendo- continuó Clara sin prestar ninguna atención a la apreciación de Victoria-, no sé cómo es que puedo hablar contigo de esta manera, como parece que no ha pasado el tiempo, ni por qué tengo algo que hacer -no tenía ganas de hablar de parecidos familiares, de lunares idénticos, de cómo acababan de fruncir el ceño de la misma manera o de narices prominentes, tan habituales en la familia. Solo estaba cada vez más confusa, y todo aquello, aquella visión o lo que fuera, parecía al mismo tiempo muy real, pero fuera del tiempo, algo suspendido en algún lugar. Lo sentía y quizás lo entendía de alguna manera en su subconsciente, pero no habría sido capaz de explicarlo.
-Sé que es complicado, además tampoco te podíamos advertir hasta que llegara el momento. Pero puedes estar tranquila -se acercó a ella y le sujetó de las manos -¿Quieres que te lo muestre?
-¿El qué?
-Bueno, lo que tú quieras.
-Está bien, creo que un resumen me vendría genial- Dejó caer los hombros, agotada por tanta información, tanto altibajo emocional y por pasar en estado de tensión tantas horas ya, desde que se había despertado.
Se introdujo por un enorme túnel a toda velocidad. Era similar a los tubos volcánicos que había visto al llegar a aquel extraño escondite bajo tierra, pero las luces y los colores que pasaban a toda velocidad ante sus ojos, la aturdían. Tenía la impresión de que caía desde el cielo a la tierra, lo que era bastante raro, teniendo en cuenta donde se encontraba hacía pocos segundos, o no estaba muy segura del valor del tiempo.
Caer.
Cerró fuertemente los ojos para no morir de un infarto y al notar que le rodeaba la quietud, Victoria seguía a su lado.
-Yo he estado antes aquí.
-¿Lo recuerdas? -se sorprendió 
-Vinimos algunos veranos, nos encantaba.
-A mi también, es mi hogar.
Recorrió la casa con calma, observando aquellos pasillos y habitaciones que conocía tan bien. Deslizó los dedos por las fuertes paredes de piedras, se deleitó en las preciosas vigas de madera y se dejó acariciar por las ondulantes cortinas blancas, de preciosos bordados florales y entre ellas, entre ese vaivén debido al aire que entraba por las ventanas, de repente, estaba de pie, a los ocho o nueve años, frente a un retrato.
-¿Quién es, mamá? -preguntó como preguntaba siempre que pasaban cogiendo fresco las largas tardes de verano, sobre todo lo que había en la casa y sobre el retrato que colgaba de la pared de la sala de estar.
-Un antepasado, nuestra familia.
-¿Cómo era?
-Dicen que muy moderna para la época que le tocó vivir, muy libre y muy valiente. No se casó nunca, aunque no le faltaron pretendientes y tubo a Cristóbal sola, sin importarle las consecuencias de aquello.
-¿No se casó?
-No -su madre la observó un momento y miró el retrato en silencio- ¿Sabes que por esta zona había un Casino enorme? A ella le encantaba ir. En esa época estaba lleno de comerciantes, aventureros que surcaban los mares explorando el mundo entero y cruceros repletos de gente distinguida, intelectuales y artistas. Se dice que muchos quisieron quedarse por ella, pero siempre los rechazaba.
-¿Y nunca salió de aquí? 
- Le gustaba conocer a la gente, empaparse de sus costumbres e historias, pero para ella, éste era su hogar.
Un fuerte resplandor en la habitación, hizo que se desvaneciera y la estampa que dibujaban sus ojos después, no tenía nada que ver con lo anterior, era como cambiar de canales en la televisión.
Se hallaba en un gran salón de altos techos labrados y llenos de arte, fastuosas lámparas de cristales que brillaban como estrellas en la noche y maravillosos suelos de mármol como nunca antes había visto. De las paredes y de cada esquina, pendían esculturas, pesadas cortinas de terciopelo y una infinita barra de bar, con tantas botellas como personas.
Aquello estaba abarrotado.
En cada mesa se agolpaban decenas de personas, animando, charlando y lanzando cartas o fichas por el aire. Tras uno de esos tumultos, que se abría como un abanico ante ella, Victoria.
-Muy bien compañeros -gritaba en un estado de ebriedad más que evidente. -Aquí las cosas solo se pueden solucionar de una manera y por si no saben cuál es, se los digo ya -se puso en pie con dificultad, sujetándose en la mesa para no caer con una mano, y con la otra una botella de Absenta. -El joven que venza, se lleva de propina un viajecito que corre de mi cuenta. Y el que pierda también.
Estallaron los gritos y las celebraciones a su alrededor, andaban todos pendientes de ella y algunos hombres uniformados con los que estaba compartiendo la velada, la sujetaban y reían como en una fiesta de fin de año. 
-¿Y a esto llaman dotes diplomáticas? Lo que hay que ver- Dijo con un gesto de burlona desaprobación Clara.
Cuando volvió a tener contacto visual con el mundo real, con la maquillada cara de Lenina, su cuerpo se aflojó completamente y calló al suelo a plomo. Escuchó gritar algunos nombres y sintió como la sujetaban y la movían de lugar. 
-No duermas mucho rato ¡eh!
No sabía quién había hablado, no era la voz de Amelia ni de Lenina, parecía ser la persona que la movía en volandas de lugar y no sabía a dónde.
Había tomado la determinación de dejarse llevar, visto que no podía escapar de los dominios de aquella extraña Reina de Corazones y que esa nueva voz, parecía amable. Se contentaba con eso por el momento.

Capítulo segundo. El de cuando Gerhard estaba por allí.


Salió de casa en su Mazda MX-5 color negro a toda velocidad cogiendo la  autopista. Ya era de noche y quería salir, tomar un trago y mezclarse con la gente. 
Los bares de la capital eran muchos y variados, la zona que más le gustaba era la del centro de la ciudad, donde en las calles antiguas y estrechas aún se conservaban como décadas atrás los pequeños bares de copas, unos junto a otros y no la zona más pegada a los muelles, que seguía siendo una zona de lujo, cafés y bares Chill-out, sofás de mimbre, coloridos cócteles de moda y toda la gente estirada de la isla, ricos y no tanto, que se mataban por dejarse ver por el lugar y que por lo tanto debían conocerle.
En la parte interior, los bares no tenían pretensiones de ningún tipo y tampoco las personas que lo transitaban. Eran los bares de toda la vida, oscuros, con barra y suelo pegajosos, para vivir una auténtica experiencia underground como habrían hecho muchos diez y veinte años atrás. Las bebidas habituales eran la cerveza, el ron, el whisky y el vodka. Y si por un casual se te ocurría pedir algún coctel de los que se solían pedir en la zona baja de la ciudad, te servían lo que les daba la gana.
Gerhard, se acomodó durante horas, casi sin moverse, excepto cuando necesitaba acudir al servicio, en la esquina de la barra de madera y pidió uno tras otro tragos de ron solo con hielo. 
-Hola guapo, ¿Qué bebes?
-Ron- dijo sin mirar a su interlocutora.
-Vaya, como un auténtico pirata. Aunque el hielo no es muy de pirata, es de blandengue, esa bebida igual que esos zapatitos tan caros y esa chaqueta de cuero que parece vieja pero que fijo compraste así, dice que más que un blandengue, eres un niño mimado de excursión por los bajos fondos de la capi.
Gerhard le dirigió una mirada sorprendida a la mujer que se había colocado de pie a su lado y había decidido molestar su tranquila noche de esparcimiento.
-Lo que usted diga.
-Qué modales más refinados. Lo que usted diga. ¿Pero quién carajo te crees que soy?
-Lo que parece, sí lo sé.
-Se me ha enfadado el bomboncito Terry- dijo la joven dirigiéndose al barman que sonreía mientras secaba vasos y los colocaba en perfecta línea recta junto al grifo de cerveza.
-Es que no tienes tacto mujer y si molestas al caballero sabes que tendré que mostrarte la salida.
-¿Mostrarme la salida? La salida me la conozco bien, salgo por ahí bastante a menudo, no hace falta que empleen todos esos aires tan afectados como si viviéramos en una postal de la familia real- se separó de la barra, haciendo una reverencia sujetándose la camisa como si fuera un vestido.
Gerhard la observaba por encima de su hombro sin apartar los codos de la barra, como custodiando y protegiendo su espacio vital.
-Ha sido un asco caballeros, espero no repetir en otro momento.
Terry soltó una risotada y la despidió con un gesto de la mano como hacía con muchos de los clientes habituales y Gerhard hizo desaparecer sus pupilas tras sus párpados y volvió la vista al frente, asqueado por la irritante compañía. Ella salió dando tumbos a la calle, entre los gritos y silbidos de un grupo de jóvenes con los que se cruzó y que casi la arrollan. A punto estuvo Gerhard de levantarse a ayudarla, pero cada uno siguió por su lado y desaparecieron del campo de visión que le permitía tener la puerta.
-No le haga mucho caso, a veces se pone así cuando bebe, pero es solo para tomar el pelo. 
-¿Vive cerca? ¿No tendrá problemas en llegar a casa sana y salva?
-Sí, tranquilo.
Apuró su último trago de ron, sacudiendo un poco el hielo al fondo del vaso, pagó al barman y salió por la puerta, buscando a la joven. 
La vio desaparecer por uno de los callejones y la siguió con cierta distancia. Sus pasos eran irregulares y en ocasiones debía pararse y aguantar el cuerpo con la pared de algún edificio, pero las calles estaban bastante solitarias por esa parte, y continuaba avanzando sin demasiada distracción.
Después de algunos minutos, se dio cuenta de que podría estar desorientada, habían pasado por la misma calle dos veces y la escuchó maldecir en voz alta, así que suponía que incluso ella, habría reparado en  ese hecho. Se percató de su intención de girar y mirar a su espalda, como si intuyera su presencia y se agazapó tras unos coches aparcados en línea, para seguirla a los pocos segundos de que reanudara su marcha, como parte de la absurda labor que se había impuesto de asegurarse de que llegara a su casa sana y salva. Una desconocida que ni siquiera había sido medio amable. En realidad, había sido grosera y ordinaria, pero una extraña sensación de protección le había empujado hasta aquel punto y ya daba igual cómo le había tratado frente a otro desconocido.
De manera repentina, una mujer cruzó dibujando una diagonal desde la acera opuesta y se acercó rápidamente a tiempo de sujetarla antes de que cayera al suelo, la agarró por el brazo que apoyó en su cuello y se alejó con ella al costado, como si no pesara nada.
Más allá del hecho de la aparente facilidad de aquella mujer en mover el cuerpo de la primera, a pesar de su cuerpo esbelto, no le dio mayor importancia al hecho, podría tratarse de un familiar, una amiga, una compañera de piso o del trabajo. Y la verdad es que le había quitado un peso de consciencia importante o una situación indeseada en la que hubiera sido él el que la hubiera tenido que llevarla en volandas o algo similar.
¿Se estaba justificando para no sentirse mal? ¿Pero esta chica qué importancia tenía? 
-Ya es hora de volver a casa niño mimado.

Capítulo primero. El de cuando empieza la historia.


Cuando empezó a darse cuenta de todo lo que ocurría, ya tenía más de un par de bonitas décadas encima y la sutil pista que le llevó a esta verdad en la que vivía sin tener ni idea, fue emborracharse y perderse por las calles que llevaban a su apartamento. 
Estando borracha, perdida y sola en la calle, como salida de la nada, una silueta se le aproximó por un costado, le sujetó por los brazos antes de caer del susto y le susurró al oído, no sabía si bueno o malo, solo se percató del vaho de una boca que le rozaba la oreja y parte de la nuca y le erizó el vello de los brazos y le provocó una sonrisa. Despertó en su cama con el aroma del café recién hecho.
Se levantó con no pocas dificultades y una cojera absurda y con muy poca clase.
-¿Quién eres? -le preguntó al llegar a la cocina, tropezando consigo misma.
-Aún nadie, pero te voy a dar un tiempo -se movía con bastante soltura y para su sorpresa, le tenía listo un desayuno con todo lo que le gustaba y una caja de rico Paracetamol. Parecía una buena señal.
-¿Dónde está la trampa? Si quieres robar, llévate lo que quieras -le espetó sin acercarse demasiado, sujetándose la cabeza con las manos.
-Chica, aquí con resaca y todo- le extendió la caja de Paracetamol-  lo que más valor tiene ahora mismo eres tú y no puedo llevarte en una bolsa de la compra como si tal cosa. Si te refieres a que podría sacar algún beneficio a una colección de cómics inacabada o alguno de esos DVD´s de segunda mano del mueble del salón, no me daría ni para medio día en un motel de mala muerte. Si por lo que sea, piensas que quiero tener “algo” contigo- enmarcó las palabras dibujando comillas en el aire con los dos dedos y le acercó la taza de café sobre la mesa-, estás hecha un asco y tampoco creo que un par de píldoras cambien tanto el panorama.
Clara meditó un poco qué responder, molesta por la resaca, por aquella extraña que allanaba su piso y además le insultaba de una manera un tanto compleja para asimilar en su estado.
-Hay alguna edición especial muy rara de conseguir por ahí. Y la verdad, lo que me tiene completamente extasiada, es que gracias al cielo que todo parece ser mutuo... O sea, todo eso que has dicho todo seguido ¿Lo traías memorizado?
-Será porque a nadie le importan una mierda, por eso no se consiguen.
-¿El qué?
-Esas mierdas de comics.
-Quiero que te vayas, no me has dicho quién eres, me duele la cabeza, debo ir a trabajar y me estoy planteando llamar a la policía.- La cara le ardía por la ira y la mente no sabía que salida tomar.
-De nada
-De nada de qué.- Más confusión y situaciones absurdas que gestionar.
-Ahora mismo podrías estar atada en la casa de algún sociópata pervertido de no ser por mi y quién sabe si viva o muerta.
Guardó silencio por un momento. Al fin y al cabo tenía razón, estaba sana y salva, ella parecía de fiar, a pesar de aquella lengua viperina y de su mirada casi en llamas. Algo en su cabeza le dijo que lo hiciera, que se sentara y charlara con ella, en algún lugar del laberinto de pensamientos, sintió que una mujer desconocida era menos peligrosa y que charlando ganaría algo de tiempo. El café también era un pro en su lista mental de prioridades. Tomó un largo trago y respiró aliviada.
-¿Por qué tengo valor? Si me has dicho que ni con un par de píldoras, no sé si pretendía ser un piropo velado. Gracias por cierto, eres muy amable. Solo tengo seis mil euros en mi cuenta y una deuda familiar que me hacen entrar en pánico cada mañana- el café era un bálsamo maravilloso que le hizo relajar del todo.
-Todo a su debido tiempo, chica. Debes comer, ducharte, vestirte de la mejor manera que puedas, si es que en ese armario hay algo más que vaqueros rotos y camisetas de Juego de Tronos.
-Yo no sé cómo decirte esto sin ofenderte tanto como tú a mi. Pero creo que no voy a ningún sitio contigo. Lo primero... yo no puedo, tengo que trabajar. Ya te dije que debo pagar muchas cosas, está mal decírtelo, pero estoy cagada de miedo tía. Quiero que te vayas... no me puedo permitir no ir hoy y perder dinero. 
-¿Y bebértelo te parece mejor opción? Tus antepasados se avergonzarían.
Soltó una carcajada que desconcertó del todo a la forastera.
-¿De parte de qué puta secta te mandan a ti?
En una especie de movimiento ninja, la mujer se pegó a ella desde el otro lado de la mesa, de pie a su lado, mirándola de manera inquisidora. Clara subió poco a poco la mirada recorriendo su cuerpo, su bonita camisa y pendientes hasta topar con aquella mirada encendida. Tragó de un modo ruidoso saliva y entreabrió los labios. Parecía fuerte, mucho más.
-Aquí se hace lo que yo digo y como yo lo digo, no vengo a hacerte daño, aunque lamento las palabras de antes, seguro que con una ducha no estás tan mal.
-Gracias señora.
-No me interrumpas ni te hagas la graciosa conmigo. Haz lo que te he dicho, te preparo el café para llevar, te va a hacer falta.
Clara había entrado en pánico, corrió al baño. Su cabeza era un ir y venir de absurdo en absurdo. Se sentía acorralada en su propia casa y no entendía a dónde iba a parar todo aquello.  
No creía que fuera a robarle en ese punto de la conversación, tampoco a violarle, lo había dejado bastante claro, no parecía una colgada con el mono de drogas ni nada parecido, por el momento parecía alguien bastante cruel y con buen gusto en el vestir y además de alguna manera sentía que si entraba en contacto con ella le partiría algunos huesos. Tenía ese halo que tiene la gente que practica artes marciales y no sabía cómo lo sabía, suponía que una especie de intuición o de instinto básico de supervivencia.
Podría meterle una buena paliza con aquellas piernas, partirle un par de huesos o coger cualquiera de los cuchillos sucios del fregadero clavárselos sin parar en su pecho. 
Rebanar de cuchillo, dedos en su garganta. Todo doloroso.
Por momentos estaba enfadada de verdad, aquello era frustrante, no sabía qué hacer, estaba encima suyo en todo momento, no podía llamar a nadie porque tenía su bolso a la vista y controlado cada segundo y por no dejarle, no le dejó ni hacer pis en la intimidad. Tuvo que tragar saliva y bastante el orgullo para desnudarse, ducharse y vestirse con una mujer que la escrutaba como si fuera un sapo en una mesa de disección.
-No me gusta tu ropa.
-A mi no me gustas tú y aquí estoy mordiéndome la lengua.

Salieron del  edificio con una incomodidad palpable, estaba de los nervios, la resaca daba paso a una respiración entrecortada, y sus pulsaciones debían estar por las nubes, no paraba de pensar en la hora que era, en que perdería el trabajo o la vida, quién sabía si las dos cosas sería mejor, esta pensando tantas idioteces que descubrió de súbito que en caso de catástrofe natural, Apocalipsis zombie o superpoblación vampírica caería en la primera horneada de víctimas sin luchar ni con un poquito de dignidad. 
La frustración la hacía empezar a pensar planes absurdos de escape como hacerle un gesto al camarero de la cafetería de la esquina de su calle en el momento justo en el que aquella odiosa mujer le clavaba las pupilas. Empezaba a odiar a esa mujer de la que ni siquiera conocía su nombre y no paraba de darle órdenes a las que obedecía como una auténtica imbécil y lanzarle miradas asesinas a las que respondía con cara de lela. Por un momento no se sintió tan extraña, aquello empezaba a parecerse  a un día de trabajo normal.
-Por favor, déjame llamar al trabajo, diré que no voy hoy.
-Ya hemos llamado, tendrás la semana libre.
-¿Hemos? ¿Y el parte médico? ¿Y cómo les explico? ¿Qué se supone que me pasa?
-Por favor, déjalo ya. Nos encargamos de todo. Una gripe con mucha fiebre que se te ha complicado un poco. Finito.
-Pero claro, me pueden ver por aquí caminando y cómo carajo se supone que lo voy a explicar, sobre todo si me cruzo con la zorra de Amanda que me las tiene juradas, pero yo también se las...- Clara empezaba a levantar la voz de manera histérica, a mover los brazos embravecidos como las líneas que dibujaría un pequeño bote en medio de una tormenta. 
-¡Por favor! Déjalo ya- se paró en seco en medio de la acera, frente a un Audi TT que brillaba como un ángel celestial. La sujetó por los dos brazos -Súbete y cállate, deberías estar más preocupada en otras cosas, como en cambiar tu imagen y en no beber entre semana. Una mujer bien vestida y con una bonita sonrisa, consigue lo que quiere.
-¡Genial! Las feministas del mundo te están haciendo la ola guapa.
Le sujetó la cabeza y la metió en el coche, como si fuera una sospechosa de asesinato.
Clara había pasado de soportar a Toni y Amanda a estar en un cochazo y con una tía que le caía casi peor que esos dos juntos.
Se llenó por segundos de orgullo y de amor propio, a esa podría quitársela de  encima como quien se aparta un poco de humo de cigarrillo de la cara.
El deportivo se deslizaba a toda velocidad por la autopista y a pesar del intento de sonsacarle a aquella odiosa mujer a dónde se dirigían no hizo ni ruido al respirar y mucho menos se volvió a dirigir a ella en todo el trayecto de casi una hora. Como tampoco le había puesto una bolsa negra en la cabeza, supuso que llevándose la situación a su terreno, el ser paciente y dejar que se relajara quizás jugaría a su favor, hacerle caso que se relajara y escapar en la próxima parada o descuido.
 Subieron por carreteras secundarias, ya no recordaba por dónde habían entrado en ellos, si escapara supuso que se perdería en el monte. Ascendieron la zona forestal y luego más aún, hasta llegar a la árida y alta zona volcánica del centro de la isla. Después de unos giros y unos pocos baches, se introdujeron en lo que parecía una simple cueva y luego descendieron en un enorme montacargas.
Después de unos giros y unos pocos baches, por una zona de suelo bastante irregular que les zarandeó como a muñecas de trapo, se introdujeron en lo que parecía una simple cueva. Al fondo una enorme roca se deslizó como una de esas puertas correderas de los centros comerciales y continuaron avanzando. La oscuridad era total, solo podían ver lo que tenían al frente, que no era más que un camino, algo más pulido que en la parte exterior, hasta llegar a una puerta metálica, que imitaba el mismo color de la piedra con una especie de insignia en el centro. La silueta de un cangrejo en color blanco.
La situación no se presentaba halagüeña si empezaba por meterla en una cueva camuflada en quién sabía dónde.
Tras traspasar la puerta metálica, que se partía en dos mitades al abrirse, se encontraban en un hueco aún menor, y Clara sintió en las tripas que descendían
-Ey, ¿Pero qué pasa?
Sin romper en ningún momento con la expectativa de Clara, Amelia continuó en silencio, con las manos en el volante, como lista para acelerar en cuanto las puertas volvieras a abrirse y así fue.

Aquello no estaba construido por ningún ingeniero, al menos no la base de esas cuevas que les rodeaban. Clara conocía bien desde el colegio, que si mezclas agua y lava ardiente, uno de los resultados eran esos tubos, que se solidificaron en su parte exterior, enfriándose y solidificándose, mientras que por su interior continuaría circulando el magma incandescente. Cuando el volcán deja de derramar lava, el tubo se drena, quedando como resultado esas maravillosas formas cavernosas, o túneles, como si se tratara de una red de galerías, que con seguridad recorrerían gran parte de las entrañas de la isla, sin que muchas de ellas se conocieran, como parecía ser ese caso.

-¿Cómo es posible que esto esté aquí y nadie lo sepa? ¿Es una de esas atracciones turísticas para ver el interior de los volcanes?
Su respuesta fue una sonrisa, parecía orgullosa y lo cierto es que era para estarlo. Al entrar en la cueva se desplazaban dos enormes rocas y al entrar volvían a cerrarse sin que nada ni nadie se percataran jamás de nada. La pared volcánica mostraba los diferentes niveles de lava, como las tartas de cumpleaños. 
Como guarida secreta era impresionante.
Un enorme grabado en la piedra llamó su atención.
-Ya puedes bajarte.
-Menos mal.
Aquello no era tétrico, ni estaba oscuro. Se trataba de un gran auditorio de suelos lisos y perfectamente iluminado. Había un leve sonido de agua correr y frente a ellas, una anciana sonriente.
-Amelia, cariño -dijo la anciana sin perder la compostura -Si le escondes la PlayStation a Nelken, mejor que estés aquí y le aguantes tú la perreta, ¿No crees? ve con los demás, déjame charlar con esta jovencita un rato a solas, debe estar bastante confusa.
Por fin averiguaba su nombre y la observó con aire triunfal mientras desaparecía por lo que parecía y debía ser un tubo volcánico y la anciana le tomó del brazo dirigiéndose al lado opuesto.
La gran sala en la que se encontraban en primer lugar, tenía vistas a distintos puntos, por un lado al túnel por el que se perdió Amelia, por otro en el que había entrado con aquella anciana que la dirigía sujeta por el brazo y en los otros extremos, podía verse lo que parecía ser una piscina construida en la misma piedra y una gran sala llena de espejos y elementos de entrenamiento deportivo.
-Perdona a Amelia, solo es un poco brusca, cree que así tiene el control, pero es sin mala intención, ¿Sabes cariño?.
-Bueno, tiene bastante mala leche.
Se paró y le sonrió 
-Tenía muchas ganas de verte, tienes los mismos ojos que tenía ella -le sujetó la cara con las manos y le miró fijamente -Los mismo ojos y la misma confusión. Los mismos miedos. Todo igual. Tú tampoco te crees lo importante que eres-. Le soltó la cara con suavidad y sacudió uno de sus brazos al aire -Será cosa de familia.
Volvió a sujetarse de su brazo y siguió conduciéndole por otro de los tubos volcánico, que seguían sin ser tétricos o lúgubres, en realidad eran encantadores y en cierto modo acogedores y antes de poder soltarle una lluvia de preguntas e indignarse por todo aquello, entraron en una cocina.
Era una cocina cualquiera, no cualquiera como la diminuta y destartalada cocina de su apartamento, era una de esas grandes sacadas de algún catálogo de diseño, una grande y preciosa, con una gran isla, con bandejas llenas de frutas, y todos los electrodomésticos que necesitaría una familia enorme.
-¡Mi madre!
-Siéntate querida, tenemos mucho de qué hablar.
-Preferiría repuestas señora -le soltó. Todo aquello era demasiado. En el proceso normal de su vida, ahora estaría en el sofá mirando el Twitter y atajando la resaca como pudiera hasta la hora de entrar al trabajo. 
Aunque su vida fuera triste y solitaria y tan destartalada como los muebles de su cocina, la echaba de menos, le parecía una locura mayor que estar allí en aquel submundo lujoso y extraño, pero añoraba lo anodino y falto de ilusiones de su rutina. Se estaba cansando de tener miedo y de no entender nada.
-Tienes razón mi niña -le dijo sonriendo -Por eso voy a contarte una historia.


Una vez, yo también escribí un libro.

Fue una experiencia bonita, hace ya un buen par de años y aún así, aunque le veo mil fallos y no deja de ser la primera cosa que me puse a escribir, no gano nada si ni siquiera se lee. 
Elegimos en aquel momento Blurb porque al tener ilustraciones a color, consideramos que influiría en el buen resultado de la impresión, los tipos de papeles que ofrecen. 
Activé la opción de previsualizarlo entero en la web de Blurb, así que si le das al enlace de abajo, lo puedes ojear o leer entero, sin compromiso de nada. 
Ahí está en mis estanterías, con su coqueto formato cuadrado y hoy al verlo pensé que en realidad yo también me puedo tirar el rollo de haber escrito un libro XD .

Aquí, pillada por sorpresa, podemos ver a una joven lectora: