Una vez, yo también escribí un libro.

Fue una experiencia bonita, hace ya un buen par de años y aún así, aunque le veo mil fallos y no deja de ser la primera cosa que me puse a escribir, no gano nada si ni siquiera se lee. 
Elegimos en aquel momento Blurb porque al tener ilustraciones a color, consideramos que influiría en el buen resultado de la impresión, los tipos de papeles que ofrecen. 
Activé la opción de previsualizarlo entero en la web de Blurb, así que si le das al enlace de abajo, lo puedes ojear o leer entero, sin compromiso de nada. 
Ahí está en mis estanterías, con su coqueto formato cuadrado y hoy al verlo pensé que en realidad yo también me puedo tirar el rollo de haber escrito un libro XD .

Aquí, pillada por sorpresa, podemos ver a una joven lectora:



Hijos de Vulcano.

Siempre he querido aprender italiano y viajar a Italia y ahora sé por qué. Porque es allí donde está el que debió ser siempre mi pueblo, Piobbico.
Vulcano no era un dios de aspecto agradable, es más, al nacer su madre Juno, lo despreció por ser horroroso a sus ojos y lo tiró a un barranco. A pesar de ello, sobrevivió y con el tiempo se casó con una de las grandes bellezas del Panteón romano: Venus. Luego ella se mandó a mudar con Marte, el dios de la guerra, pero bueno, esa es otra historia. A Vulcano, se le considera por todo ello, el protector de la fealdad y es por eso mismo que, es el patrón de el Club dei Brutti (Asociación de los feos) cuyo lema reza: La fealdad es una virtud; la belleza una esclavitud.

                                       


Terminando un poco con lo que empezaba a decir, de que Piobbico debió ser siempre mi pueblo, pues tiene una explicación la mar de lógica y es que es en ese pueblecito al norte de Italia, donde se encuentra la sede de este Club, fundada por el ya fallecido Telesforo Iacobelli.
El Club tiene una tradición que se remonta al siglo XVII, en ese entonces los padres de mujeres, no demasiado agraciadas, organizaban una fiesta anual para atraer a los solteros de los pueblos vecinos. Con el tiempo, se retoma la tradición, con las variantes lógicas y adaptadas a nuestro siglo y ahora forman parte unos 30.000 miembros.
Piobbico, que ha sabido darse cuenta de que somos muchos y mejores, se ha autoproclamado "Capital mundial de los feos" y hasta en una de sus plazas han colocado un monumento en honor al Club dei Brutti.
La asociación promueve valores que abarcan un amplio espectro de problemas de nuestra sociedad que tiene que ver con el excesivo celo y valor que se le da al aspecto físico, intentando restablecer unos valores equilibrados y coherentes, que apuestan por la diversidad y el respeto.



Imagen de la sede del Club dei Brutti.

Algunas de las declaraciones de su fundador fueros estas:
"Algo debe de andar muy mal en una sociedad en la que nadie te quiere si no eres guapo".
"Estoy convencido - y otros estarán de acuerdo conmigo - que al final vamos a ganar esta lucha -contra los estereotipos de belleza- ¿Saben por qué? Porque somos genuinos, porque somos como somos. Somos los hombres y mujeres que queremos ser, que son juzgados por lo que somos y no por lo que parecemos".

¿Alguien recuerda los experimento de Pepi la guapa y Pepi la fea?:







Entiendo que para el que sea guapo de cojones, entender esta necesidad de crear una asociación debe parecerle de locos. A mi me parece de locos que tengan más facilidades en la vida por su aspecto y que siempre se presuponga que los menos agraciados somos tontos de capirote, no sabemos trabajar con la misma eficacia o incluso, que no tenemos sentimientos y no sufrimos esta dictadura de lo bello.
¿Lo peor? Al menos por lo que yo puedo haber vivido, cuando el desprecio te lo hace otro feo, en serio gente, por lo menos la solidaridad entre iguales ¿No?
Seré piobbichesi (gentilicio de Piobbico) al menos de espíritu, quizás algún día pueda hacer una visita y me den mi más que merecido carnet de socia. La verdad que es una pena que sólo tengan Feisbuk... ¡Por ahí sí que no paso! Haré un esfuerzo con lo del Italiano como cada primero de Enero.
De todos modos, el primer domingo de Septiembre celebran en la casa Club un festival en el que además se elige al presidente, veremos si este año, ahora que estoy enterada de todo este pequeño universo afín a mi, me entero de algo y me pongo al día.

De lo que se lee se cría.

- ¿En serio me has dicho hermano?
- ¿Prefieres Bro?
- No joder, la versión americana tampoco me interesa demasiado. 
- Suelo escuchar rap y ya sabes, terminas un poco contagiada de todo ese rollo tipo "eh hermano, este es mi rollo y mola un huevo"-
- No sé cómo decírtelo, nada de esa mierda rima, pensaba que eso era importante-
- Tío, estoy con la adrenalina a tope, tu también lo estás, por qué no eres buen amigo y me sigues el puto rollo sin más.
- A ver, ya sé qué te pasa- Me señalaba riéndose socarronamente- Hace tiempo que lo sé, pero quería respetar tu intimidad-
- ¿De qué coño hablas?-
- Sé que te crees Rose Hathaway* ... -
- ¿Pero de qué hablas flipado?-
- A ver, no te cojas nervios, no se lo voy decir a nadie, pero a) borra tus historiales en el curro y deja de descargarte esas mierdas ahí- iba a mostrar mi indignación, pero me chistó y con gestos me mandó a callar moviendo los dedos muy cerca de mi cara- y b) entiendo que buscas una especie de emo o gótico o cow-boy cachondo, medio ruso, medio no sé qué ... -
- Como no te calles o bajes la voz, te arreo dos guantazos-
- Dimitri, ámame - se mofaba abrazándose a sí mismo, cerrando los ojos y dando besos a un atractivo ruso imaginario.
- Vete a la mierda- dije con una medio sonrisa y mire hacia otro lado para intentar ignorar todas sus tonterías - ¡Espera un momento! ... - Caí en la cuenta- ¿Los has leído?-
 -Es que chica, me entró la curiosidad y ... Bueno, a mi lo que me gusta es una  buena vampira rubia de ojos verdes, con sangre real que me muerda y me haga de todo y yo a llega en plan: Oh ah, muerde nena, oh sí ... - hacía gestos obsenos, sacaba los dientes y se ponía el dedo índice de su mano izquierda cerca de la boca abierta, para hacer más dramatismo en el rollo de los colmillos y se acercaba a mi cuello fingiendo que me mordía y sorbía teatralmente. Nos partíamos de la risa.
- WIIIIIII .... - grítamos al unísono dando saltitos y riendo como locos. 
A veces se nos olvida cuando tenemos aún las armas en las manos  como en aquel momento y eso, bueno, no gustaba nada. Allí todos eran una especie de imitación absurda del FBI de la tele, todos con cara de pocker y haciendo el teatro de los entendidos y expertos en la materia, eficientes, serios y siempre listos. De manual.
Nosotros ni finjimos ni nos tiramos el rollo, nadie espera demasiado de dos tiradores. No es que seamos unos incompetentes, nuestro trabajo es realmente importante, pero poco valorado, sobre todo porque sólo estamos entrenado para el curro a distancia. Aunque nos gustaría, no somos como los protas de las novelas de ficción para adolescentes, pero podríamos montar un bonito club de lectura. 
Para nosotros, las instrucciones son muy escuetas: apuntar y disparar. Luego hay notas implícitas, como por ejemplo: evitar apuntar a alguno de nuestro bando, como si hiciera falta aclararlo. La vista perfecta, el pulso perfecto. Aséptico. Indoloro.
Permanecimos a lo nuestro, viendo ir y venir a los supervisores y todo ese rollo que pasaba siempre antes de que nos dejaran marchar. Nos miran y asienten a modo de saludo y nosotros los imitamos sin más. Es su forma de reconocernos el trabajo bien hecho.  
Hubo fuego cruzado, peleas cuerpo a cuerpo y todo al mismo jodido tiempo, sólo nos faltó una banda sonora tipo "Imagine Dragons" y habríamos compuesto una elaborada recreación del próximo videoclip de moda.
- No me extraña que estés siempre cabreada-
- ¿Por qué lo dices?-
- Si escuchas rap, andarás todo el día cabreada-
- Igual estoy cabreada y por eso escucho rap y no al revés-
- Hoy me estás matando-
Hicieron gestos para que nos largáramos desde el otro lado de la calle.
- Creo que ya nos podemos ir puto de sangre

Cuando quieres volver a ser inocente.

Atrapé a la pequeña criatura por el rabo. 
Era regordete, con una larga barba negra y de piel morena.
Cuando come le queda la barba decorada como un arbolito de navidad. Le encantan los pasteles, las galletas y el chocolate con frutos secos. Así que, cuando lo agarré después de sorprenderlo en medio de su atracón en mi cocina, muchas de las migas caían aquí y allá, haciendo unos tímidos ruidos a nuestro alrededor. 
Ya empezaba a amanecer, y al mirarle a los ojos, así sujeto como lo tenía boca abajo, decidí que era bueno y los dos nos reímos de aquella extraña situación.
- ¿Qué gracia verdad?- me dijo.
Haciendo de buena anfitriona, le ofrecí una buena bebida caliente y mi mejor conversación. Preparé té con canela de sobra, chocolate a la taza, y una jarra leche a parte. Repuse la bombonera medio vacía y puse en mis mejores bandejas todas las galletas, pastas y magdalenas que tenía en casa. 
Nos sentamos junto a la ventana, para poder ver el amanecer, y ver el cielo en su transformación. Él se reía de las diferentes formas de las nubes porque son graciosísimas y no paraba de silbar alegres melodías sin sentir vergüenza porque nos acabáramos de conocer y además en unas circunstancias tan singulares. 
- Me gustaría que volvieras a visitarme- le dije al fin.
- Lo haré, pero no siempre me podrás ver-
- ¿Has venido antes?-
- ¡Muchas veces!- 
En contraposición a él, yo me mostré algo perpleja y no paré de hacerle preguntas esperando que me explicara por qué nunca nos habíamos visto o por qué nunca me había avisado de sus visitas.
- Si te hubiera avisado de mi visita, entonces no habría tenido gracia, ¿No crees?-





Un dolor en el corazón.

En algún momento comenzó a notar cierta tirantez en el nudillo del dedo corazón de su mano derecha. Pensó que se debería a un pequeño golpe del que no se acordaba y no le dio mayor importancia. Aunque, al cerrar el puño, al coger un objeto, en definitiva, al flexionarlo, el dolor se volvía agudo y se sentía algo impedido para algunas tareas sencillas. Escribir, era un poco incómodo y poco a poco le fue dedicando cada vez menos tiempo, resultaba insoportable después de pocos minutos de sujetar el bolígrafo en las manos.
Con el tiempo, concluyó que si mantenía la mano extendida le iba de maravilla, a veces, sin darse cuenta cerraba el puño menos aquel dedo y cuando se percataba, sentía una humillación y una vergüenza tan grande, que bromeaba con quien tuviera al lado y cambiaba bruscamente de tema.
Pronto, se convirtió en un tic totalmente descontrolado. Quizás en el trabajo terminaba haciendo el mismo gesto con la mano y los compañeros o los clientes a los que atendía se sentían confundidos y le dejaban con la palabra en la boca. Poca gente le saludaba ya al verle. En el bar, hacían como que no le veían y no le atendían, los hijos de algunos vecinos lloraban al verle aparecer al principio de la calle y se metían en casa o corrían entre las calles.
Nadie entendía porque les hacía aquel gesto a todas horas y en su cabeza todo se hacía cada vez más confuso y doloroso. Si hacía el esfuerzo por cerrar el puño y mantenerlo así todo el trayecto de vuelta a casa, las lágrimas le bajaban por la mejillas y si alguien se le acercaba para saber de su estado, con preocupación, al intentar responderle amablemente, le mostraba la mano y en la cara del bienintencionado caballero, estiraba el dedo delante de sus narices casi sin poderlo controlar y entonces veía como se daba la vuelta, mirándole con desprecio y farfullando todo tipo de improperios.
Un niño desde un coche le sacaba la lengua y él levantaba su dedo al aire a modo de saludo y el niño comenzaba a llorar, a esas alturas, para su satisfacción.
Un fotógrafo callejero quizo conocer su historia.
- ¿Por qué está tan enfadado señor? ¿No se da cuenta de que la gente le odia? ¿Por qué cree que su opinión es tan importante? ¿No cree que con su arrogancia cae usted mismo en su crítica? ¿Quizás es alguna performance sobre la alienación de la vida moderna? ¿Es usted artista?
- Yo sólo ... ¡Me duele el dedo una barbaridad! No puedo flexionarlo, no sé qué me pasa.
De súbito, aquel testimonio de dolor y sufrimiento se conoció y todos se conmovieron por su propia crueldad hasta aquel momento. 
Se puso de moda, saludarse mostrando alegremente el corazón al aire, se vendían camisetas y chapas en las boutiques de moda. La gente se hacía fotografías con él cuando se lo cruzaban por la calle. Apareció un Twitter, un Instagram y un Facebook con su foto, llena de seguidores. Aparecieron al poco perfiles de odio y rechazo con su foto enmarcada en una señal de prohibido, también con muchos seguidores. Ya no lo podía soportar más, su vida seguía siendo ajena a su voluntad, el dolor lo seguía dominando.
En un momento sin más, fue al médico y al fin todo acabo.




Creo en la igualdad, lo digo de una manera sincera, honesta. Pero, gracias al cielo somos diferentes. 
¡Vaya! tremenda hipócrita del carajo estoy hecha, cómo me contradigo, qué majadería.
Pues sí, pasa hasta en las mejores familias. Y me reafirmo en que gracias al cielo no somos todos iguales, como lo más sensato que se me verá escribir o decir. Por supuesto no hablo del género, en eso soy creyente y practicante, a veces agnóstica, pero sé que tarde o temprano la gente se dejará de imbecilidades y aprenderán de una vez, que tener una cosa u otra entre las piernas no significa más que eso, que tienes una cosa u otra y listo, sin hacernos mejores o peores que lo que tiene otra cosa ... en fin: IGUALDAD.
Mi alivio por la diferencia es porque, desde luego no somos las mismas personas calcadas, ni nos gustan las mismas cosas, ni queremos lo mismo, ni somos igual de listo o de tontos o de feos. Y se agradece.
Me pegaría un tiro si fuera como gente que conozco, recapitulo, como las que veo en el mundo virtual, este en el que nos movemos. Y menos mal que no uso Follinder ni nada de eso, porque debe ser la repanocha. 
Mola que la gente tenga esa libertad y facilidad, pero visto cómo se las gastan en redes tan familiares como el Feisbuk, lo mismo tienes a tu primo como a tu madre (yo no tengo Feisbuk y me siento como esa gente que no ve Juego de Tronos porque lo ve todo el mundo, pero la verdad es que no me gusta mucho) cómo será la cosa en una red social que es específica para ligotear.
Admiro más a la gente que usa las redes y su popularidad como excusa para hacer algo que les apasiona, como la moda, la música o cualquier afición, pero en general, pareciera que únicamente recibir "megustatumierda" enseñando boca de pato y de más poses vergonzantes, les llena los vacíos de la vida y se sienten como las estrellas del Rock de los setenta (cómo se atreven) y además sueltan retahílas relamidas, inspiradas en algún discurso Pseudo-psicológico superficial del que han hecho una interpretación más superficial, seguida de una foto al puro estilo choni-baturr@ ... Estoy segura de que más de uno y una ya tiene a alguien de su entorno en mente.
Sé que es una obviedad de narices, pero soltar un discurso en el que se afirma que si eres feo es más fácil que te dejes adular por cualquiera que si eres agraciada y que "loh tíoh son unoh hipócritah por dehconfiar máh de una guapa que de una fea", ya me parece el nivel senior de ser retrasado mental, superficial y un largo etcétera. Un montón de "megustatumierda" en publicaciones de ese tipo, IMPRESIONANTE. 
Me da hasta un poco de envidia, si al menos aprovecharan la popularidad para algo bueno, para no cosificarse para empezar y acusarnos a la gente menos agraciada de ser díscolos y livianos, teniendo en cuenta que se exhiben como el chopped en la charcutería. También tenemos la culpa del calentamiento global, de afear el planeta, somos escoria sobre la que hay que lanzar misivas sin sentido.
A pesar de todo, respeto y admiro a gente que aunque tienen ese halo de frivolidad en las redes sociales y suben fotos de dudoso gusto y demás, son personas excelentes y me ha encantado que me dieran esa lección. Pero impera la nadería y hay gente que come de ello y se podrán pasar toda la vida excusando su vacuidad, sin que podamos llevarles la contraria porque sería como quitarles el autobronceador, una crueldad.



Aprovecho la ilustración que amablemente me hizo +Jonathan Pimienta Luis 

Como decía Woody Allen, todo lo que nos dijeron nuestros padres  que era bueno, es malo. Es decir, que perdieron tiempo y el poco dinero que tenían en apuntarte a piano o a clases particulares de matemáticas, cuando tenían que haber empezado a entrenarte en la fantasía, es decir, en llevar una vida ficticia sin peso en la real.

- No quiero estudiar "Artificio y fingimiento" mamá.
- Pues es lo que hay. ¿O te quieres pasar la vida limpiando y cocinando como yo?

Al mismo tiempo, no paro de escuchar mojigaterías y moralinas, sobre todo de carácter carnal-opresivo. Me preocupa que esos dos frentes borrascosos de repente choquen entre sí y se produzca cualquier tipo de catástrofe. Como que por ejemplo, la gente no pare de hablar del tiempo, se gasten un dineral en una camiseta o se hagan cirugía estética sin parar. ¡Espera un momento! quizás me equivoque, pero lo mismo nos vamos todos a la mierda y allí donde esté, será la misma para todos y eso queridos míos, es la única cosa que se repartirá de manera igualitaria.

Teorías.

Vivir junto a un gran volcán y estar rodeados de plátanos, no da tantas ideas como podría parecer desde fuera. En realidad, se podría pensar que nuestro aire "relajado" es por ese exceso de frutas con formas fálicas o por las altas temperaturas, pero no. Sencillamente es porque nos sale de las papayas y los mangos, hacer las cosas a nuestra manera.
Tampoco es que estemos muy intrigados por si el Teide de un día para otro explota, ni nada similar. Creo que lo más interesante que ha pasado últimamente es que grabaron gran parte de la película "Jason Bourne" y en mi caso, que tenía unos días libres vi a Matt de lejos, mientras charlaba con gente del equipo de grabación antes de unas escenas en la Avenida de Anaga.
Estoy cabreada con el asunto en cuestión, porque en su momento me compré lo que creí el pack definitivo de Bourne, en el que para colmo me metieron bien metida, la peli en la que Damon solo sale en una foto tipo carnet y aún así, creí que había hecho la mejor compra de mi vida (tampoco tanto, estoy dramatizando por si alguien lo lee y me regala la nueva cuando salga) y ahora resulta, que como ya habríamos pensado muchos, la última no era más que un relleno a la espera de que se pusieran de acuerdo con este muchacho para venir a rodar a Tenerife la quinta, porque les sale por cuatro perras y supongo que por cuestiones de agenda o de que el actor podía estar harto a más no poder, de interpretar siempre al desmemoriado David Webb (doy este dato, para que se note que no ando babeando cada vez que me pongo uno de los DVDs, todo el tiempo, también presto atención y todo eso)


Aquí la prueba del engaño "La colección completa 4 películas"


La cosa es que en verano, si además tienes unos días de vacaciones, sin querer haces balance de todo, desde porqué estás dónde estás, qué quieres hacer realmente, y con el pausado ir y venir de nuestras propias vidas y de las cortinas con la brisa estival, piensas: Así no se consigue nada, quizás ya es tarde para otra cosa, ya han pasado X años desde que despachurro palabras en este blog y aún no consigo escribir ESE LIBRO que me sacaría de la miseria, cada vez tengo menos dinero y trabajo más. 
Si te pones a buscar en internet información sobre la vida de Matt Damon, no en modo acosadora, sólo en modo perdedora en la wikipedia, siempre me quedo en el pasaje en el que se llevó el Óscar por el guión de "El indomable Will Hunting", así que cuando lo vi de lejos en la calle pensé: Mira, un cabrón que lo consiguió. Con todo el cariño claro está y no por la fama de ahora, que sería una cosa frívola que no me interesa y esa es la verdad, sino porque en aquel momento tenía veintiocho años e hizo algo que para mi es la hostia, así en palabras gruesas y llanas.
Al principio quería ser Anaïs Nin, más tarde el Marqués de Sade, fantasee en algún momento con ser Henry Miller, pero me desbordaba tanta fuerza. Quise tener la valentía de Rimbaud. Quise ser cualquiera con talento. Con los tiempos, las preferencias se van perfilando, pero te queda llevarte un poquito de cada uno, deseando que llegue esa brillantez por transferencia visual. Según esta teoría, cada frase traspasaría tu pupila, para pasar por todo el corriente sanguíneo y se alojaría en tu cerebro, para influirte a lo largo de los años.
Ojalá fuera cierto, aunque entonces parecería que la agudeza no sería exclusivamente de uno mismo, sino de todas estas personas que nos dejaron un legado con el que chutarnos las neuronas. 
Aunque podría rebatirme a mi misma esta loca teoría, echando mano de Orwell, que en su novela "1984", decía: "Pensó Winston que los mejores libros son los que nos dicen lo que ya sabemos". Así que me reformularía, e iría más allá, diciendo que en realidad, lo único que hacemos al idolatrar a todas esas personas talentosas, es confirmarnos a nosotros mismos lo que ya sabemos o lo que ya pensamos. Decimos "de acuerdo, esto era justamente lo que yo pensaba, pero necesitaba que alguien lo expresara por mi", así que el mérito es de todos. De nada por el Óscar, Matt.
Ya lo sé, es una estupidez que no va a ninguna parte. Sólo andaba pensando esto, porque no recuerdo haber escrito casi nada de lo que he escrito, sólo me suenan las frases, al igual que las de los libros que he leído. Supongo que, al materializarse las ideas, nos desprendemos un poco de ellas y se quedan en un limbo mental o en un blog, o en un montón de libretas viejas que un día encuentras.
Tenía una amiga que dividía a la gente en Griegos y Romanos, creía que era una forma sencilla de separar en grupos a las personas. En resumen, prescindiendo de la cantidad de ejemplos y símiles que usaba para dar veracidad a su hipótesis, opinaba que los romanos eran seres de fuerte personalidad y con un característico sentido práctico, me decía “Por ejemplo los acueductos, les daba igual que fueran horribles, era una forma práctica de llevar el agua, una solución inteligente y punto, o crees que se plantearon algo más que no fuera el sentido puramente funcional”. De la cultura helénica, y aquí se extendía más, destacaba su gusto por la belleza, por la armonía,  el hedonismo, su concepción del arte, “las columnas con preciosas formas, los templos majestuosos”.
Vamos, que según ella, están los del sentido práctico: currar, cobrar, programar, responsabilidades. Y los que hacen igualmente todo eso porque no les queda más remedio, sino, vivirían de otra manera dando más valor a lo que de verdad es importante: el amor, la creatividad, la libertad.
A mí me metía en el último grupo y eso me encantaba, pero me costó años creerlo de verdad, quizás por eso nunca me he sentido plena, no he dejado salir a tiempo a mi griega. Me sentía aliviada y justificada escuchando esa teoría, porque pasaba de ser una chica sin expectativas de futuro, a ser una poeta de la vida, una amante de las cosas importantes.
Muchos creerán que todas estas teorías son como poco una gran estupidez, que se basan en nada, en simples observaciones personales, conclusiones subjetivas muy alejadas de lo que es el rigor científico. Teorías vomitadas por una cabeza recalentada por el sol en estas latitudes del globo terráqueo, por el exceso de fruta tropical, porque nos falta un poquito de aire o porque andamos desconsolados con nuestro "pack INcompleto de cuatro películas". Supongo que la respuesta es : Sí y qué.

Brillos y centelleos.

Trabajé durante una temporada en una joyería, hace ya más de una década. Era una de esas empresas que había crecido en los últimos años y demandaba más presencia de empleadas. En una ciudad con cierto aire ilustre, por las grandes y antiguas fortunas, lo convertían en un negocio que perduraría en los años y sobreviviría a padres para gloria de los hijos.
Como todo este tipo de empresas, había empezado desde lo más bajo. La esposa de aquel matrimonio propietario, había recorrido en su juventud, muchas casas vendiendo joyería, y tasando y llegando a acuerdos gracias a sus conocimientos de gemología. Iba con sus estuches de terciopelo, enrollados como pergaminos, vendiendo esclavas de oro, medallas para la Primera Comunión, cosas así.
En ocasiones, cuando no habían clientes y perfilaba la vitrina de los pendientes de bebés con una gran imperdible completamente abierto formando un largo pincho, es decir, colocaba todos aquellos pequeños elefantes dorados, lazos, corazones o mariquitas con la orientación adecuada hacia los clientes, me venían imágenes de alguien comprando un anillo de pedida o unas alianzas de boda en la mesa de una cocina muy parecida a la de la casa donde me crié, con café y bizcochos y animadas conversaciones. Imaginaba abuelos comprando pendientes como aquellos para alguna nieta. Aunque por encima de todo, pensaba cómo debía sentar, eso de prosperar con letras mayúsculas, tener un despacho tan imponente como el que ella tenía en la planta alta de aquella casa que era toda de ella, sólo para su negocio, me preguntaba dónde viviría o la cantidad de comodidades que le proporcionaría haber ganado tanto dinero y dedicarse a observarnos por las cámaras, produciéndole aún más.
Todas la envidiaban y la odiaban. Yo no la envidiaba y creo que tampoco la odiaba, aunque no me caía demasiado bien, pero me gustaba, sobre todo su carácter, fuerte. Me suele gustar la gente así, en realidad siempre me ha gustado la gente así, porque yo también sería de ese modo si pudiera permitírmelo. 
Cuando te conceden el honor de la relación laboral personas de este tipo, el truco no es otro que ser invisible. Ser eficiente en el grado adecuado, no demasiado, ser aseada, moverse con soltura y alegría con los clientes y sobre todo no mostrarse desocupada o despistada. Disimula si se da ese caso. Obtuve una gran formación para la vida.
Para algunas de las chicas, era más complicado, o eran demasiado guapas, a otras les podía el afán de notoriedad o ambas cosas. Normalmente las chicas agraciadas no saben lo que es pasar desapercibida, no entienden que eso sea posible y tampoco se han molestado en ejercerlo jamás, así que, teniendo en cuenta que éramos todas bastante jóvenes, con no demasiada experiencia, salvo en muchos casos, aquella que nos daba el sentido común, no era raro presenciar algún batacazo.
Por ejemplo, a la pregunta ¿Quién se encargó de limpiar el baño ayer?, era mejor que respondiera la persona que lo había hecho. Porque, en primer lugar preguntaba de manera gratuita, aquel sitio tenía cámaras en cada rincón y obviamente sabían quién limpiaba sin levantar la alfombra, quién iba al baño más a menudo, y quién hacía lo que fuera. Y en segundo lugar, ser una chivata, te ponía en una situación tan humillante frente a ellos como frente a nosotras, que a partir de ese momento, aunque tuvieras que limpiarlo durante varios días seguidos como escarmiento, ya no confiaríamos en ti.
No era bueno acaparar ningún tipo de atención sobre tu persona, cualquier desliz te podía convertir en el blanco de gritos, insultos y reproches, que corrían por las escaleras de parquet tapizado que llegaba hasta nuestro baño de la planta baja. Y todas nos retocábamos antes de empezar la jornada a las diez en punto, en un silencio miedoso y morboso, de alivio en cierto modo por no ser ninguna de nosotras.
Uniformidad: falda negra de tubo con sólo dos dedos por encima de la rodilla, Blusa de raso gris, medias mate negras de densidad cuarenta, pelo perfectamente planchado y suelto, zapatos negros de tacón medio y maquillaje que comprende: base, sombra de ojos, brillo de labio y colorete, todo ello en cantidad.
Del maquillaje aprendí tanto como de los tipos de cadenas existente y sus medidas o de cómo colocar una exposición de juegos de gargantillas y pendientes, por precios y familias. Del maquillaje lo que había que saber es que querían que usaras muchísimo, no querían ver tu color de piel.
Podían coger tu bolso y comprobar lo que traías en el neceser. Fantasee con la idea de dejar una nota con algún mensaje para saber qué pasaba, pero un día simplemente me comentaron que el tono de sombra de ojos que tenía no era la mejor, que usara otra y cambiara el rímel que estaba casi seco, de paso, para colmo del bochorno por el que estaba pasando en presencia del resto de compañeras, me indicaron dónde poner el colorete según la forma de mi cara y cómo disimular mi nariz. 
En aquel tiempo, sólo me recuerdo usando mascarilla para el pelo, lavando a mano medias cada día, retocando el esmalte de mis uñas como ellos querían y poniendo cada noche los pies en agua tibia con sal mientras miraba la pared de la habituación en la que vivía por aquella época. No recuerdo casi nada de mi vida privada, sólo a toda aquella gente y las diferentes partes de mi cuerpo que debía atender para limpiar y enmascarar como hacía en el trabajo con las cristaleras y las exposiciones que habían en ellas con cuero blanco y terciopelo rojo o negro.
Con todo aquel brillo se ocultaban infinidad de asuntos, era una ventaja con la que ellos contaban. Un lugar donde todo era luz, centelleos, resplandor, destellos, cursilería luminosa ¿Quién experimentaría un sentimiento negativo? 
En la oficina, antes de marcharnos a casa, subíamos a despedirnos y daba lugar una pequeña reunión. La veía al fondo, junto a la ventana, en su mesa caoba imponente, evaluando un brazalete de oro blanco con un diamante con mejor o peor corte, según ella iba anunciando a alguno de los asistentes. Al salir, pasábamos por todo un laberinto de puertas, cerraduras de seguridad, pantallas con números en los que introducir unas claves que sólo ellos conocían e incluso colocar una pesada barra de hierro hecha a medida, que sólo podíamos colocar entre varios con otro candado más.
Al entrar pasábamos por el mismo proceso a la inversa, creo recordar que habían unas seis anchas y pesadas puertas por las que se debíamos pasar para acceder a la casa, a las oficinas de la planta alta y a la tienda en la planta baja a nivel de calle, nosotras entrábamos por un lateral.
El interior era tan recargado y oscuro, pese a las grandes ventanales que daban a la calle, que en una ocasión me soprendió ver un hueco metálico dónde normalmente había un cuadro igual de ostentoso que el resto de objetos, de donde su esposo sacaba los sobres con nuestros sueldos cada mes, mientras intentaba ser gracioso haciendo bromas con nuestros nombres. Ese día era más fácil reír, cuando te dan un sobre con unos cuantos billetes dentro, aunque tuvieras los dedos de los pies destrozados por los tacones y por agacharte cien veces al día a coger la mercancía o aunque ese mes hubiera que dar diez o veinte de los euros que habías ganado para el regalo de cumpleaños de alguno de ellos. Por supuesto no era voluntario. A veces me sentía en el siglo XIX aunque hacía unos cuantos que habíamos pasado el cambio de milenio.
Me dio pena irme, porque me perdía las reuniones clandestinas con el resto de las compañeras en los bares universitarios de la zona. Cada una iba por un lado al salir y luego nos encontrábamos en otra parte, porque nos tenían prohibido hablar dentro y mucho más fuera de las horas de trabajo. Debían ser los dueños de nuestra vida, puesto que así lo sentían.
En los bares el plan era parlotear y fisgonear sobre los mitos y leyendas de aquella estrambótica familia que pasaba por todo tipo de trifulcas, fugas adolescentes y cuernos de todo tipo. Toda esa porquería, la aderezábamos con tequila en cualquiera de aquellos bares con nombres estudiantiles.
Años después, me crucé con el marido estrafalario que me daba el estipendio e incluso mi liquidación cuando me fui, pero no me reconoció. Me gustó ver que se me daba mucho mejor de lo que creía ser invisible. En aquel lugar realmente, adquirí una formidable formación para la vida.





Misterios estivales

Estoy todo el día trabajando, rodeada de gente que no me quiere, de otras personas a las que veo o debo tratar de manera fugaz y no sólo no me quieren, sino que pretenden que sus problemas sean los míos y que me quede sin trabajo y en la calle porque su smartphone se ha caído por el wc. Trabajo en turno de mañana y de tarde, lo que se traduce que no tengo vida privada, sólo aquella que observa pasear a Yoko al mediodía con mi pareja para ponernos al día de esto y aquello. Yoko nos ha dicho que como sigamos así, se volverá conflictiva y tendremos que recurrir a diez mil psicólogos o a Hermano mayor para encauzar este amor por entregas que le mendigamos, que los huesitos sabor a salmón no lo son todo, que las delicatessen con pollo y zanahoria de los días de fiesta no lo son todo.
Pienso en todas esas cosas mientras miro el nuevo muelle de mi barrio, donde la gente ya se estira con sus toallas a tomar el sol y a chapotear saltando desde ese reluciente montículo de cemento. 
Vuelvo a casa recordando la sensación de libertad que daba esta época estival, el ritmo era otro, el cuerpo se relajaba, el salitre era el mejor tónico facial, el pelo se aclaraba, y comíamos helado mañana tarde y noche, a veces los hacíamos en el congelador de casa. Corroboro que la niñez sigue teniendo esa esencia cuando cruzo todo el barrio lleno de puertas abiertas a media tarde, con televisores emitiendo historias de amor adolescente, exactamente iguales a las de antes.
Puerta tras puerta, el eco me lega de manera intermitente, distintas voces, con diferentes acentos, melodramas de todo tipo donde el amor triunfará como pasa siempre.
Mi amor. Huyamos de aquí. No te lo permitiré, no lograrás separarnos.
El obvio final feliz llegará, pero se dejan engañar un buen par de episodios, anestesiando el final del día, al que le sucederá otro igual de calmado. Ese ondulante y quedo tempo, como el vaivén del mar que lame la arena de la orilla.
Ahora soy observadora de esa felicidad placentera que suponía dedicarse todo el día a uno mismo, sin mirar siquiera el reloj, como si mi turno ya hubiera pasado.  Pero no me entristece a pesar de todo, es una bonita sensación de continuidad.
Pensé si habría alguna casa abandonada en las cercanías para hacer una expedición clandestina como planeamos mi prima y yo en mi pueblo algunos veranos. El misterio estaba ahí acechando tras una casa de candado oxidado, una vivienda de puerta y ventanas de madera verdes. Una casa misteriosa que albergaba más incógnitas de lo que creímos a priori y que incluso en el último momento dudamos de si entrar o no: Una persona desaparecida a la que nunca se halló. 
Sigo recorriendo las calles del interior del barrio que me llevan hasta mi casa y sonrío al recordar todo aquello. 
Recuerdo los interrogatorios a madres y vecinos y nadie terminaba de explicarnos que había ocurrido en aquella casa y dónde estaba esa familia. Hasta que por insistencia, alguien soltaba prenda, hacíamos bien de agentes secretos de investigación. "Algunos creen que está ahí, que la propia familia lo despachó porque era ruin acabado". La gente no filtraba al hablar con niños, no se sabía que era de eso de los traumas o los terrores nocturnos, te soltaban aquello, quizás para que dejaras de hacer preguntas, o para que les dejaras en paz o para que dejaras de merodear por la zona. Hizo efecto, alguna noche pasé corriendo, porque además de todo, era mi trayecto habitual para regresar a casa desde la de mi prima. Todo se volvía más tétrico y menos aventurero. "No creo que quieran volver", nos dijo otro, puesto que se suponía que los hijos seguían vivos, por ahí, no sabíamos dónde.
El misterio, era una ruptura del sosiego que nos daba el verano, decidimos sucumbir a la tradición habitual de ver "Salvados por la campana" y preparar los desayunos que veíamos en las series de televisión, para ocupar nuestra mente y no dejar momento para  hacernos reproches por nuestra cobardía.
Pero el misterio sigue vivo, aquella casa sigue inamovible, aquí no hay casas así, así que supongo que habrán otros misterios que descubrir, no sé cuáles, me gustaría preguntarle a alguno de estos niños que corretean en la Plaza Adelfas.
La sensación de continuidad perdura, esa sensación de suspense también, ahora sencillamente no tengo tiempo, no tengo vida para plantearme siquiera como vivirla o como resolver un enigma. Me gusta que ese este ahí, anclado en esos recuerdos y tener esa anécdota, cuando podías estar con gente cercana y podías pasar horas urdiendo locas teorías, la vida era larga y ancha, sin prisa.
He buscado una imagen que se aproxime a la realidad y ¡voilá!

Es así más o menos


Escríbelo

Me encantaría que mi historia fuera la de una mujer fatal, esa idea me puede gustar, aunque desde luego no soy ese tipo de hembra. Me gustaría escribir  como ando embobando con el bamboleo de las caderas al detective pringado de turno, en un polvoriento despacho dibujado por la luz de la urbe, filtrada a través de la persiana y al final traicionarlo e irme con todo el botín. Sí, se nota que me he criado en los noventa.
De donde vengo, ser pobre no es algo que puedas ocultar tan fácilmente con medias de seda, tacones de aguja y carmín rojo burdeos.  Ser pobre era vestir con la ropa de tu hermana mayor, totalmente pasada de moda, reservar el único suéter de marca limpio, para el día que salías a comer pipas en la plaza, allí donde los demás podían verte. Nada de glamour, sólo realidad.
Estoy en blanco, supongo que es el tedio. No tener ganas de nada es agotador, porque tengo consciencia y la muy hija de perra no me deja ser una borrega que se acuesta en el sofá a ver realitys de tartas imposibles, cambios de imagen o películas para la televisión. Me gustaría poder hacerlo sin este sentimiento de culpabilidad martilleando mi coco.
Llevo años imaginando que llegaría a ese estado de gracia en el que me sentaría en una mesa a escribir y no pararía hasta tener una historia acojonantemente buena, no una rebuscada y llena de reseñas históricas y culturales. Hablo de una historia redonda, con todo lo que debe tener: mierda, frustración, pena, ira. Una historia de la vida real. En las películas ocurre, eso de que te toca la musa con su gracia y de repente ya has plantado un árbol, amado, tenido hijos, comprado un monovolúmen diesel, te has hipotecado y tienes un labrador marrón oro en la puerta con el periódico en la boca, y en él, en ese periódico, viene la lista de ventas anuales de libros, y adivina, el tuyo es el número uno. En el cine pasa toda esa mierda, en normalmente noventa minutos y a una se le pasan diez años de tocar fondo con aparente mayor rapidez y sin la mitad de logros.
Eso es lo que quieren todos, seas rico o seas pobre. Esa especie de sueño único da un miedo de narices. Deberíamos pensar en cuánto cuesta a alguien que hereda la ropa de la hermana, plantearse siquiera tener un coche, o en cuánto no le cuesta a alguien pobre, encorvarse y no mortificarse, cuando cada cosa que quiera lograr en este mundo se convierta en subir al Everest y bajarlo. No hay familia, los amigos también cuestan tiempo y dinero, y subir al Everest y bajarlo cada vez, es como llenarse la boca de miel y ahogarse con ella.
Pienso en el sentido común e intento agarrarme a él como si fuera una pócima milagrosa.
De todas maneras, no hay frases o dichos populares que recen: "El sentido común mueve montañas", "Lo último que se pierde es el sentido común", o tal vez, "La fortuna favorece a los que tengan sentido común". No señora, juraría que esas frases eluden a la audacia, la esperanza o gilipolleces de ese tipo, que en el fondo no son más que debilidades, que son en realidad nuestros puntos fuertes y yo no puedo dejar de acordarme de esos sueños en los que uno sale desnudo a la calle y de repente está en el trabajo y todo el mundo le mira. O de que ser pobre le da un halo de supervivencia poética al protagonista de las historias, pero en la vida real nos da asco y miedo.
Es difícil escribir una buena historia cuando se es un cínico, porque en el fondo de tu ser, sabes que nada es definitivo y ni tu mismo te creerías, que el bueno se quede con quien le gusta y sea feliz, porque como mucho, eso le duraría un par de años, y no vas a estar escribiendo todo eso también, no te levantarías jamás, te crecería el culo demasiado. 
¿Todos hemos pensado que le pasaría a la Sirenita después de dejarlo todo por un príncipe al que no conoce, o a Leeloo un poco harta de Korben, que no es más que un ser humano de lo más deleznable, siendo ella es el Quinto Elemento, un ser perfecto?
Por qué lamentarse con la vida que te hubiera gustado tener, ahora que ya lo ves como un imposible. Escríbelo y acaba con ese estúpido melodrama.
Había una vez, una mujer simple fatal, que escribía un simple blog, que además ya estaba pasado de moda, pero a la que un día, sin saber muy bien cómo, se le ocurrió que eso daba igual ... y siguió escribiendo.

Maléfica

A mi perra le doy lástima o eso creo.
Por las mañanas, al despertarme, me mira desde su camita, al lado de la mía, entorna los ojos para verme asomada desde arriba. Casi con seguridad, le da pena, sabe que por las mañanas no llego ni a medio persona. 
Durante un par de minutos, intenta animarme, me mueve el rabo, hace esos ruiditos que hace ella cuando le da gustito que la acaricien, se tapa con las patitas el hocico, todas esas cosas adorables. Y yo a medio gas.
El otro día, (esto abarca de un día solo existente en mi cabeza a algo que me ocurrió el miércoles por la mañana o ninguna de las dos cosas) mi perra empezó a tener una conversación casual conmigo.
- Da pena verte joder, a ver si cuando me sacas por la mañana le echas un poco de brío.
Mientras me tomaba el café, se quedó a mi lado y de vez en cuando se asomaba por la persiana de la solana para mirar la calzada y anunciarme que ya otros perros del barrio estaban paseando alegremente por nuestra calle, mientras yo aún estaba con un ojo a medio abrir, encorvada mirando el café y con las piernas entumecidas.
- No es por criticar- dijo socarronamente - Pero el retriever del otro bloque ya está haciendo running con su dueño.
- ¿A esta hora?
- No te sorprendas tanto, lo que pasa es que la gente se despierta con energía, no se quedan mirando el café diez minutos antes de poder siquiera plantearse entrar en la ducha y vestirse.
- ¡Es que son las siete de la mañana!
- ¡Pues eso, tarde! como sigas así se demora mi siesta de la mañana, cuando tu ya no estás y puedo dormir sola y a gusto.
- Ok.
- Te doy la patita y me siento porque me das golosinas, si yo llegara al bote, se sentaba quien yo te diga.
Fui cabizbaja y realicé toda la maniobra matutina habitual que consta de ducha, uniformidad, calzado y gafas de sol. En todo ese tiempo, ella iba y venía y me enumeraba cada perro, gato, persona y pájaro que ya estaban disfrutando del maravilloso día, mientras soportaba el espectáculo de mi pachorra. 
En el fondo, quiero pensar que le doy lástima, pero me da miedo. Aquí la prueba de la malignidad a la que me enfrento cada día:


Maléfica Yoko

La furgoneta de las 3:10

Mi compañero y yo ordenábamos la mesa de trabajo y paramos en seco al oír el sonido de las puertas mecánicas, que se abrieron dejando escapar una bocanada de aire fresco de la tienda vacía. Su silueta se dibujaba recortada por el paisaje urbano. Polo blanco, pantalón caqui corto, fornidas y tatuadas piernas, bolígrafo en la oreja.
"Duele el corazón" de Enrique Iglesias, sonaba en el hilo musical, acompañado en el bajo por el ronroneo de la máquina de aire acondicionado. Se deslizó moviendo la cabeza al ritmo de la música y silbando los coros como si se los supiera de memoria.
Los papeles de la calle corrieron asustados del calor que emanaba del asfalto cuando las puertas volvieron a cerrarse.
Se dirigió a nuestro mostrador, donde con talante decidido mientras desenvainaba el Bic de su oreja con una gracia fluida, estudiada, obviando nuestras apáticas miradas y nuestra postura, alicaída.
- Vengo a recoger un paquete 
- Sí, está ahí - le indiqué saliendo del hechizo. La música había vuelto a sonar y él rellenaba rápidamente unos papeles de un taco que se había sacado de uno de los bolsillos del pantalón.
- Un sello aquí - señaló el lugar exacto.
De manera mecánica estampé el sello azul en el formulario sin mirarlo demasiado y me entregó una copia en color rosa.
- Pesa un poco. ¿Barato no será?- A veces se gastan esas bromas para romper un poco la fría relación que por defecto se establece en estos casos, así que le mostré mi sonrisa de empleada, que no es más que una mueca que hago y creo que me hace parecer más educada y eficiente.
- No, no. Y es delicado.
Salió con la caja al hombro, volvió el espectáculo de las puertas, el aire caliente que entraba, los papelitos que volvían a correr por la calle, el andar seguro hasta la furgoneta blanca con la plataforma abierta parada en frente, apartó unas lonas que tapaban parcialmente la parte trasera de la furgoneta con la mano libre y simplemente lanzó el pesado bulto dentro, el cual, vimos caer y rebotar, hasta quedar en un punto estático.
Cuando el vehículo desapareció del campo de visión que abarcaba el escaparate, reanudamos indolentes, la actividad.

Eternidad

Yo estaba allí desde el principio, desde que nació.
En aquella época, la vida de la gente no era demasiado diferente, las cosas funcionaban con los mismos mecanismos con que han funcionado siempre. Los minutos, los segundos y las horas medían el tiempo de la misma manera que ahora. De vez en cuando, hacía sol en invierno o llovía en verano. Las cosas, a pesar de rarezas puntuales, sucedían invariablemente y el mundo seguía girando gracias a la gravedad, del mismo modo.
En todo lo que duró su vida en este mundo, yo estuve presente. Y cuando llegó su último aliento y su alma recorrió el cielo y viajó constelaciones completas y orbitó alrededor de satélites brillantes, yo estaba allí para presenciarlo.
Si te preguntas si es dios, el que escribe estas líneas, no me sorprendería nada, pero lamento informarte de que no, no lo soy, ninguno de ellos. Sólo decidí coger una historia desde el principio, para no dejarme una narración huérfana de significado y sentido, como ya me había pasado antes y que por cierto, no era de mi total agrado.
A pesar de mis molestias por elegir una vida desde la primera línea, tropecé con una habitación de hospital concreta, donde empezaba a respirar, esa pequeña criatura, aún ignorante de lo que le esperaba en la vida. Tampoco sería cierto decir que fue fruto del azar o la casualidad, hubo más de una señal: la luz que se filtraba por las ventanas del edificio, la ciudad, la brisa que corría por lo pasillos emitiendo un silbido metálico.
Pude elegir cualquiera de las maravillas del Universo, cualquier otro planeta habitado por seres a medio desarrollar, cuya trayectoria fuera aún más simple, o quizás lugares dónde las vidas eran tan complejas y desarrolladas que podría resultar inimaginable pasar desapercibido a sus evolucionados sentidos y habría sido gratificante intercambiar toda la información de una manera apacible y armoniosa. Pero elegí la forma más singular de la belleza, aquella que se cree desprovista de ella y ese hecho, me cambió de manera perpetua, sometiendo mi voluntad a su compañía.

Cuando una simple conversación te hace recordar demasiada mierda.

Hace unos días mentaban a una persona que estuvo muchos años en mi vida, una persona que ya veo como extraña y que percibo un poco como alguien más que se ha alejado y tampoco me he molestado demasiado en retener. Lo cierto es que se alejó porque al no tener yo nada que aportar, le resultaría tedioso soportar mi soporífera compañía. En el fondo me gusta más así,  ahora que me he dado cuenta de que me aportaba mucho complejo su compañía. Primero porque me daba cuenta de lo anodina que soy como nunca antes y en segundo lugar, porque la persona en cuestión no paraba de señalar ese hecho evidente. Pudo haberme dado palmadas en la espalda, y hacer el papel de buen amigo, ya que veía como se me cagaba el mundo encima, pero no, era mejor no ser políticamente correcto conmigo, ese "beneficio" se lo ofrecería a los demás, he de suponer.
Muchos me crearon complejos que no debí tener jamás. Si soy sincera conmigo misma, la culpa la tengo yo, pero sin dejar de ser honesta, los cabrones fueron ellos, casi al 80%.
Uno de los complejos que me han inventado individuos que pasaron por mi vida, es que dejara de hacer autoayuda con lo que escribo. He decidido, después de mucho pensar en el asunto, que no creo que eso sirva para absolutamente nada, como mucho para estar contenida y forzada en la vida en todas sus facetas. Sospecho que quería que fingiera para no sentir vergüenza ajena o algo así, es decir, que me pedía que me sintiera desdichada haciendo de lo poco que me gusta hacer y creo que es por eso, por andar acomplejada por si lo que escribía mostraba o no una supuesta debilidad, por lo que no termino de obtener el resultado que deseo. 
Que dejara de hacer "la nenita", es otro de esos grandes consejos que no he pedido. Con retrospectiva, no sé como no he partido alguna cara antes.
Dentro de mi lucha, casi homérica, está que en mi ADN anda mezclado el de mi padre, persona a la que ni desprecio ni adoro, por inexistente en mi vida. Es una indiferencia enfermiza en cierto modo, puesto que, me sé poseedora de muchos de sus rasgos y lucho por abolirlos a cada paso que doy en la vida. Prefiero equivocarme padre, a parecerme a ti en nada. 
Doy gracias a la divinidad que corresponda, por parecerme físicamente a mi madre, para que nadie me relacione con ese señor y en ese punto, debería quererme más, porque como digo, me parezco a ella y siempre me ha parecido tan guapa, con sus ojos mezclado de oliva y tierra, tan fuerte por la decisiones que tomó.
Son esas cosas primeras las que te marcan , la familia por buena o por mala, te deja esa huella en el alma. Es curioso que precisamente los que más complejos me inventaron son los que ya no están y no sé como les dejé en algún momento el beneficio de la duda, habiéndome cuestionado a mi misma. He tenido la santa paciencia de no excretar en sus malditas bocazas, cada vez que se han cruzado por la calle conmigo y han mirado para otro lado para no saludarme, siendo yo todavía una niña, o cada vez que sabías que sus vidas eran puro lujo, aderezado con cenas y zorras. Es posible que en mi material genético ande el interés por la coca y las fulanas, por ser una facha de manual, no lo sé, por el momento siento repulsión absoluta y me alegra que no me quieran en sus vidas. Sobre si la pelota está en un tejado o en otro, digamos que por mi, como si se la han metido por un esfínter y se la han sacado por el otro.
He andado más preocupada por tener algo que comer y un sitio donde dormir. Recuerdo épocas de hambre, de miedo, de rabia y de frío y esa gente, nunca estaba. Recuerdo momentos alegres pero solitarios, haciendo que todo tuviera un sabor agridulce, como metálico al final y el dinero que racionaba, para poder ir cada fin de semana a casa de mi madre y no dejarla sola o que le pasara algo malo. Haré una mención especial a uno de aquellos trabajos que me vi obligada a aceptar, una cafetería en La laguna en la que entraba a la tres de la tarde y salía a las dos de la madrugada, sino más tarde algunos días, me pagaban una miseria, no dejaban que me sentara en toda la jornada para descansar, no me dejaban comer, a pesar de que les preparaba la cena al hijodeputa del dueño y al cerdodemierda del hijo, aguanté bromas de mal gusto y ni siquiera me hicieron un mísero contrato de media jornada. ¿Y esa gente cargada de consejos y sabiduría, que en muchos casos se hacían llamar familia, dónde cojones estaban?
"Qué pena, al fin y al cabo es tu padre , y padre sólo hay uno, deberías hablar con él, porque luego se morirá o estará enfermo y eso quedará en tu consciencia".
No creo que yo deba dar oportunidades a personas que sé innobles de antemano y mucho menos, que su ausencia en mi vida, ahora tranquila y sosegada, deba cargar mi consciencia por su posible falta de salud o por la llegada del fin de sus vidas. Lo que sí creo, es que si escribo sobre mi vida, lo hago y punto. Si les parezco un despojo humano con el que prefieren no tener ningún tipo de trato, pues muy bien.
Mi consciencia no es la pared sobre la que cualquiera pueda lanzar mierda. 
Lo que me podría pesar con el tiempo, es no coger todo lo aprendido y aplicarlo en mi vida, siendo una pareja a la altura del amor y el respeto que recibo y no olvidando mostrarlo yo también, sin importar todo lo demás, por ejemplo.
Así que, a todos los : No escribas para hacer terapia, no deberías hablar sobre tu orientación sexual porque la gente se puede ofender, deberías escribir más y mejorar y sacar menos fotos, deberías sacar más la cámara y ser más constante, deberías escribir mejor y no ser auto-complaciente, mejor nos lo mandamos por privado, cualquiera diría que son hermanas con lo guapa que es ella, cualquiera diría que son primas con lo guapa que es ella, si haces topless vas a incomodar a los demás, seguro que no tienes ni idea de quién es Queen, a tu edad deberías empezar a ir al gimnasio, no deberías ver esa serie, no deberías leer ese libro, como nadie de tu familia tiene estudios no vas a ser más que ellos, lo que pasa es que tu no eres tan guapa ni tan simpática, la culpa es tuya porque no tienes paciencia, tienes que conservar ese trabajo porque sino te quedas en la calle, mejor no te matricules porque es como tirar el dinero, ... 
 ... quédense donde están y no se tomen muchas molestias en volver.

Dicho esto, sobre las dos historias en las que ando inmersa, no he publicado nada aún, espero que al menos una coja la forma que quiero, vaya mal o vaya peor y sobre todo porque me da la real gana.



Eso es que tienes mucha personalidad



Cyrano de Bergerac



Debe ser jodido tener una cara sin ninguna cosa especial. La cara concentra el interés de todo aquel que se dirige a nosotros en algún momento, y disponer de un buen apéndice que persuada a nuestro interlocutor, presenta multitud de usos, que pueden ir desde el despiste, hasta la hipnosis. Un amante esquivo puede acabar rendido a tus pies casi sin poder resistirse a su poder de atracción. Yo no me puedo quejar. 
Cómo afirma Cyrano de Bergerac, "una nariz grande es característica de una hombre afable, bueno, cortés, liberal y valeroso, tal como soy y tal como vos nunca podréis ser ... ." Digamos que se aplica a ambos géneros y que además, para reforzar la tesis, no hace falta ser poeta ni mosquetero, el único mérito es que la genética te la haya dado cual poder mutante.
Uma Thurman, Adrien Brody, María Callas, Sara Jessica Parker, Owen Wilson, Barbra Streisand, Anjelica Huston, María Valverde, Berto Romero. 
Recuerdo una conversación en la que alguien me soltó que se notaba que me había currado una personalidad de puta madre para gustar, y otra en la que me advertían sobre los peligros de operarme, puesto que me cambiaría totalmente la cara y no me quedaría tan bien.  Otra de las virtudes de una buena nariz, es que tiene un radar de subnormales incorporado. Esto es un secreto que estoy destapando en este momento, el Club Bilderberg de La Nariz se estará acordando de todo mi árbol genealógico, rasgándose las vestiduras, desmayándose y blasfemando en distintos idiomas, pero la verdad, es que aunque sientas que tienes un monstruo deforme en la cara, para un porcentaje formidable de personas, le parecerás la mar de atractivo y/o/u apasionante, descartando de manera natural a aquellos para los que el aspecto se reduce a los estereotipos típicos. Lo usamos de filtro como un hastag: #NarizGrande #Sexy #Inteligente #BuenAmante.
Ahora que la normalidad parece la nueva lacra, los desnarigados no entienden que nuestro valor está en alza. Con nuestra gracia natural, como un acto de impudicia, anunciamos allá a donde vamos: Por aquí va una persona excepcional.
Como consejo o apunte final añadiré lo siguiente: Cuando sepas que esa persona recibidora de tu afecto se halla cerca, nada de mirar de frente, nada de intentar disimular lo que hasta ahora, estoy segura de ello, viste como un defecto, plántale delante tu perfil, que lo vea bien, que sea lo primero que vea en el paisaje, que sepa con quien se ha topado, que sepa de su fortuna desde ese mismo momento y sienta que al fin, la suerte le ha tocado.

Una vieja historia

Han pasado algunos años desde que escribí este pequeño texto y siento que necesita que le de el aire. También siento que debería volver a hurgar en esa parte de mi cerebro, de la que salían estos personajes y estas escenas, sin hostigarme tanto por las formas, sólo confesándome ante la hoja en blanco:


De pequeña, su hermana le lamía la cara cuando lloraba. Sus lágrimas eran dulces y rosadas.

Aquel fenómeno invitaba a hacerla sufrir.

Con la adolescencia aparecieron el pudor y la timidez.

Ella era demasiado noble. Era dulce como sus lágrimas. Era un ángel.

La convirtieron en un ángel.

Acudía a misa cada domingo. La vestían de blanco y la obligaban a llorar. Recogían las gotas en unas copas doradas y los enfermos las bebían.

En el florecer de su cuerpo, dio frutos.

Dio los frutos de una vid, menstruó zumo de uvas.

El líquido le bajaba por las piernas.

Todos observaban el fenómeno a pesar de su pudor.

Ella sonrojada, expuesta a todo el mundo, al párroco y a los vecinos. 

A los hombres que la observaban con una curiosidad que les hacía cambiar la expresión de los ojos, y les aguaba la boca entreabierta.

Lloraba dulce, lloraba zumo de uvas que se deslizaba por la túnica blanca.

El párroco investigó en nombre de Dios. Del suyo. Se chupo el dedo.

Algunos se pasaron la lengua por los labios, queriendo sentir quizás ese sabor.

Ella volvió a pensar en los libros de ángeles que había leído. Decidió que era hora de desplegar sus alas y volar.

Los ángeles tienen alas.

Su sexo abierto ante todos, aquel dedo que no dejaba de explorarla, al principio con timidez y luego sin ningún reparo. Su frágil cuerpo se tensó.

Estaba hecha de tal pureza que aquel placer lo atribuyó a la fe y a lo milagroso.

Exigió con un movimiento algo más de aquello que le provocaba su fe. De aquella forma un gran hilo de líquido empapó las mangas de la sotana del clérigo, 

que apartó la mano y examinó sus ropajes manchados y humedecidos.

Ella emitió sonidos de sirena.

La fe cala más hondo en algunas personas, en algunos hombres que quisieron probar aquel líquido milagroso.

 Apartaron al sacerdote aún dubitativo. Y mojaron los labios como colibríes, frenéticos y sedientos.

Ahora era tan abundante el néctar de su cuerpo, que a alguno le bajaba por la barba y caía en forma de chorro hasta el suelo. 

Otros aprovechaban para ponerse debajo y que aquel milagro no se desperdiciara.

Ante aquel espectáculo que ahora le pareció tornarse dantesco, el párroco se recompuso y el hechizo blasfemo al que creyó estar sometido se disipó y gritó. 

Gritó, empujó y apartó al enjambre que la rodeaba y alborotaba a su alrededor,

Apartó también a los espectadores a los que la curiosidad les impedía dejar de mirar. 

Los expulsó a todos del reino de dios.

Ella no era de aquel mundo. 

En la soledad de la pequeña capilla, no paró de mirarla y de preguntarse como era posible que aquella delicadeza ejerciera una fuerza tan brutal y cegadora. 

Convulsionaba  aún, lasciva. Ondulante, tersa y joven, demandando más de toda aquella fe.

Se acercó de nuevo hasta ella y le acarició el rostro con las dos manos sintiendo lástima por la hermosa niña.

Ahora pensaba que con toda seguridad debía provenir del más oscuro y malévolo lugar del mundo.

Ella le miró con los ojos aún encendidos. Ella le penetró a él con la mirada.

Él era débil. Su fe no era tan fuerte, tal vez por eso, ante los inescrutables caminos del señor, no oró, sólo hizo lo que su debilidad le dejó ...  

... deslizó sus dedos hasta su cuello aún chorreado. 

Ella cerró los ojos.