Evey en el país de las máquinas.

Retomando una vieja idea contada en pequeños capítulos. He aquí el primero:



Necesitaba encontrar un trabajo de verdad.
Las facturas llegaban a casa, pero casi prefería no saber si se pagaban, o si quedaba dinero en la cuenta. La vida se le antojaba una factura eterna, una lista de gastos, que a su parecer bien podrían ir al espacio exterior, a un sumidero de la calle dirección a ninguna parte, o quizás, a un mundo paralelo, donde llueven los cheques, las visas y las monedas, que los duendes y las hadas usan para construir sus casas y caminos, revoloteando en ellos, sin dar mayor importancia a su valor.
Por las noches aguantaba el sueño para disfrutar de la larga lista de películas navideñas que componían la programación de la mayor parte de los canales por aquellas fechas.
Intentaba rememorar las ilusiones infantiles ya oxidadas y decoloradas. Hecha un ovillo en la manta, acalorada, contenta.
Maldecía el sueño intenso, el peso de los párpados que la llevarían al inevitable mañana. A otro día igual, a un trabajo que no le apetecía, a una vida-factura.
Una y otra vez …. Pero aquel ratito, aquel momento sólo para ella le valía todo. Aquello, por ahora era lo mejor que tenía.
Se deslizó en medio del montón de lana ancha de la manta.
Sintió cierta presión en los tobillos, una presión fría y dura.
En el estado de semiinconsciencia en que se encontraba, los miembros pesaban tanto que se dejó llevar y no luchó por evitar aquel secuestro misterioso.



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