Un vaso con marcas de carmín



Yo siempre digo, que la mejor Navidad es aquella en la que no hay que esconder vasos con marcas de carmín.
Ese día tan señalado, el eco de los teléfonos que no suenan y los mensajes de texto que no llegan, retumban en los salones comedores como villancicos tristes. 
Pero al día siguiente vuelves a la rutina y compartes sofá y manta, te acurrucas pensando que las fiestas son agotadoras y te pierdes con Morfeo. Pero no fue hasta el día siguiente, con ojos nuevos, con ojos post navidad con legañas, que no lo vi. Un vaso que sostuve en la mano aún hinchada de somnolencia, un vaso con un beso estampado, un vaso plástico en el mueble del salón.
Resulta que en los salones comedores, en Navidad, hay fiestas secretas, pero yo no sabía esas cosas porque la juventud es siempre desconocimiento.
Tuve que ponerme al día de todas estas viejas costumbres de las que yo, en mi inocencia infantil, no me había preocupado hasta el momento. Y fue cuando supe, que por esas fechas, a los chicos les gusta reunirse y travestirse usando maquillaje, masturbándose en el baño, bautizándose en copas de Martini como si fueran nacidas en Navidad y al final recogerlo todo sin dejar evidencias, para mantener el secreto como era tradición. 
Pero por fin tuve la información que necesitaba y me sentí mucho mejor, entendía que a partir de ese momento yo también era madura y que cuando esas fabulosas fiestas tuvieran lugar, sabría que la mejor manera de saber si fue bien o mal era si al final no había que esconder vasos con marcas de carmín. 

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