Malvada y divina.

Las gotas de agua caían descompasadas contra el mármol al principio, pero formaban un compás pegadizo al cabo de los minutos. Había que concentrarse un poco. Cerrar los ojos.
Pisada, gota de agua. Pisada, gota de agua … . 
Una contoneante pisada femenina al compás tribal del glup glup.
Los finos dedos recorren el liguero desde el muslo hasta la cadera, dibujando el contorno, calentándolo. Y se adivinan los perfectos círculos concéntricos de los pezones tras el encaje negro del sostén. 
Él, esperaba sentado, como en medio de un escenario vacío. Así que ella, a horcajadas sobre él, pegó todo su cuerpo y con el cálido vaho rojo de su boca, le pidió que le chupara las tetas. Esperó los segundos necesarios para ver el dilatar cristalino de las pupilas, la presión bajo ella. Dulce y sumiso.
Le agarró la cabeza, y le golpeó fuerte con la mano. Se lo ordenó con voz más alta y volvió a esperar y a golpear, sin dejarlo reaccionar mucho más tiempo cada vez. El pecho se sacudía por la fuerza de las embestidas. 
Se arqueó tensa para coger aire y un inflamado gemido le auguraba una larga escena de dar y coger lo que quisiera.