El terrible vacío y la soledad de la existencia.




Cada uno huye de la desesperación y de la frustración de una existencia vacía como buenamente puede y quiere. Los hay obsesionados con la búsqueda del sentido de la vida, con encontrar pareja, con Murakami, con la pornografía amateur, con los juguetes eróticos, con los domingos en bicicleta, con el dolor de cabeza, con la homeopatía y la astrología, con ser normal. 
Sean cosas reales o cuentos chinos, lo cierto es que ahí están, son las tablas salvadoras de un montón de gente que busca su propia respuesta a la triste realidad llena de sufrimiento. Cualquier cosa vale y no hace falta ser un experto en nada, sólo pasar por el mundo y entretenerse con algo, obviando la ofuscación por la excelencia que se respira en el ambiente, como si ser mediocre y anónimo fuera una plaga a evitar, cuando lo cierto es que el 99% de los habitantes de este planeta, lo somos, mierdecillas con patas, peones, relleno humano. ¿No es mejor relajarse y disfrutar que andar con el ego colgando del cuello y de las rebuscada citas de Paulo Cohelo en los perfiles del Feisbuk? ¿No sería genial que nos convirtiéramos todos en lo que somos de verdad y entonces la cámara frontal de los móviles desapareciera como si de selección natural se tratase? 
A mi me gusta solucionar mis dudas existenciales viendo alguna película de Woody Allen. Incluso imaginarme los días de rutina convertidas en alguna escena del musical “Todos dicen i love you”. Con los años he encontrado reafirmar alguna de mis depresiones amorosas viendo “Annie Hall” una y otra vez o cabreándome con el mundo con “Desmontando a Harry”.
En ocasiones, cuando me siento realmente guasona, cambio totalmente registro y fantaseo con ser Randal Graves o Banky Edwards, porque entienden al mundo a su manera, sin percatarse del espanto y el asombro que despiertan entre los que les rodean:






Me gusta más mi vida que la de otros. Sé que es muy español eso de envidiar el estilo de vida de los demás, pero yo me quedo con mi sofá y mis películas, me quedo con mis desayunos de domingo largos y reconfortantes, me quedo con los paseos a ninguna parte y definitivamente, me quedo con este blog, en el que de vez en cuando lanzo peroratas infumables sobre las películas que veo y lo que me disgusta. Celebro y disfruto de mi sencillez. 
Mi conclusión es que, si observar un Jackson Pollock nos da vértigo existencial, imagina lo que podría ocurrirnos ojeando Tinder. Sólo di no.

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