83/32

Hay una progresión inevitable e ininterrumpida en el desgaste del mundo y de las cosas.  Las probabilidades van disminuyendo a medida que damos pasos hacia un futuro cada vez más diminuto. El pasado empieza a parecerse cada vez a esos preciosos ocasos de las postales, llenos de tonalidades cálidas. Y el presente se convierte en una molestia que nos sacudimos con cierto desaire. 
El tiempo, ese cabronazo que nos saca de un lado para meternos en otro, que no permite que olvidemos que manda y controla, abriendo de vez en cuando la mano, jugando a ser benévolo, cauterizando algunas heridas. Pero con un precio.
El tiempo es más caro que un coche o un accesorio de Apple y al mismo tiempo, se celebra más su carencia que lo contrario, se ensalza más la frescura de la juventud, que todo el recorrido otoñal de la madurez.
Aquí está mi oda a lo raído, a las cosas viejas, al Otoño del 83 y todos los que siguieron hasta el momento presente. ¡Un ovación cerrada a este hoy lleno de cicatrices!


¡Carpe Diem hijos de puta!



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