Los placeres privados

Terminó de leer las últimas líneas de la novela. Bebió un trago de agua y pensó en cómo llenar aquel vacío de horas interminables, ahora que el Zío Roncone ya no le acompañaría más. 
Miró a su alrededor cavilando con quién hablar de todo aquello, de un pueblo al sur de Italia que no había visitado, de una señora a la que quería como abuela, de una joven partisana que le hubiera gustado ser, dura como la piedra, guarecerse en el monte y malograr los avances enemigos. 
Como paisaje, podía hacerse ilusiones con un fondo de pantalla cualquiera, que era lo único que podía ver durante las aborrecibles horas que debía estar allí, abandonada en aquel cubículo, abandonada por todos y por sí misma, abandonada porque ni ella se hacía caso a veces. Cuando se decía "no sueñes tanto", ella no se hacía caso, era dura de mollera, se resistía a la evidencia y todo por culpa de esas historias.
Las agarraba con sed, las historias le bajaban por el pecho y a veces se le atascaban ahí, otras le bajaban al estómago, pero nunca había indiferencia. 
Son vacaciones de bajo costo, eran sus aventuras privadas.
No se siente ni más sexy ni más lista, aunque a los actores y a los modelos les quede muy bien eso de posar con un buen volumen en las manos. 
Es mejor ser reservado, seguir la senda que le marca su propio temple y sentirse un poco especial con la idea de que, camino a casa, era altamente probable no cruzarse con nadie que hubiera acabado de leer la misma novela, el mismo día. Todos esos desconocidos, no podrían entender cómo se monta ese pequeño puzzle interior de su cabecita.
Este tipo de placeres son intangibles a los ojos ajenos, son demasiado íntimos y preciosos, para poder ser de otra manera. Parecería que se usan para evadirse, estas pequeñas distracciones personales, pero no son más que la forma que tenemos de acercarnos a la realidad, desde un ángulo más agradable.