Una vieja historia

Han pasado algunos años desde que escribí este pequeño texto y siento que necesita que le de el aire. También siento que debería volver a hurgar en esa parte de mi cerebro, de la que salían estos personajes y estas escenas, sin hostigarme tanto por las formas, sólo confesándome ante la hoja en blanco:


De pequeña, su hermana le lamía la cara cuando lloraba. Sus lágrimas eran dulces y rosadas.

Aquel fenómeno invitaba a hacerla sufrir.

Con la adolescencia aparecieron el pudor y la timidez.

Ella era demasiado noble. Era dulce como sus lágrimas. Era un ángel.

La convirtieron en un ángel.

Acudía a misa cada domingo. La vestían de blanco y la obligaban a llorar. Recogían las gotas en unas copas doradas y los enfermos las bebían.

En el florecer de su cuerpo, dio frutos.

Dio los frutos de una vid, menstruó zumo de uvas.

El líquido le bajaba por las piernas.

Todos observaban el fenómeno a pesar de su pudor.

Ella sonrojada, expuesta a todo el mundo, al párroco y a los vecinos. 

A los hombres que la observaban con una curiosidad que les hacía cambiar la expresión de los ojos, y les aguaba la boca entreabierta.

Lloraba dulce, lloraba zumo de uvas que se deslizaba por la túnica blanca.

El párroco investigó en nombre de Dios. Del suyo. Se chupo el dedo.

Algunos se pasaron la lengua por los labios, queriendo sentir quizás ese sabor.

Ella volvió a pensar en los libros de ángeles que había leído. Decidió que era hora de desplegar sus alas y volar.

Los ángeles tienen alas.

Su sexo abierto ante todos, aquel dedo que no dejaba de explorarla, al principio con timidez y luego sin ningún reparo. Su frágil cuerpo se tensó.

Estaba hecha de tal pureza que aquel placer lo atribuyó a la fe y a lo milagroso.

Exigió con un movimiento algo más de aquello que le provocaba su fe. De aquella forma un gran hilo de líquido empapó las mangas de la sotana del clérigo, 

que apartó la mano y examinó sus ropajes manchados y humedecidos.

Ella emitió sonidos de sirena.

La fe cala más hondo en algunas personas, en algunos hombres que quisieron probar aquel líquido milagroso.

 Apartaron al sacerdote aún dubitativo. Y mojaron los labios como colibríes, frenéticos y sedientos.

Ahora era tan abundante el néctar de su cuerpo, que a alguno le bajaba por la barba y caía en forma de chorro hasta el suelo. 

Otros aprovechaban para ponerse debajo y que aquel milagro no se desperdiciara.

Ante aquel espectáculo que ahora le pareció tornarse dantesco, el párroco se recompuso y el hechizo blasfemo al que creyó estar sometido se disipó y gritó. 

Gritó, empujó y apartó al enjambre que la rodeaba y alborotaba a su alrededor,

Apartó también a los espectadores a los que la curiosidad les impedía dejar de mirar. 

Los expulsó a todos del reino de dios.

Ella no era de aquel mundo. 

En la soledad de la pequeña capilla, no paró de mirarla y de preguntarse como era posible que aquella delicadeza ejerciera una fuerza tan brutal y cegadora. 

Convulsionaba  aún, lasciva. Ondulante, tersa y joven, demandando más de toda aquella fe.

Se acercó de nuevo hasta ella y le acarició el rostro con las dos manos sintiendo lástima por la hermosa niña.

Ahora pensaba que con toda seguridad debía provenir del más oscuro y malévolo lugar del mundo.

Ella le miró con los ojos aún encendidos. Ella le penetró a él con la mirada.

Él era débil. Su fe no era tan fuerte, tal vez por eso, ante los inescrutables caminos del señor, no oró, sólo hizo lo que su debilidad le dejó ...  

... deslizó sus dedos hasta su cuello aún chorreado. 

Ella cerró los ojos.

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