Brillos y centelleos.

Trabajé durante una temporada en una joyería, hace ya más de una década. Era una de esas empresas que había crecido en los últimos años y demandaba más presencia de empleadas. En una ciudad con cierto aire ilustre, por las grandes y antiguas fortunas, lo convertían en un negocio que perduraría en los años y sobreviviría a padres para gloria de los hijos.
Como todo este tipo de empresas, había empezado desde lo más bajo. La esposa de aquel matrimonio propietario, había recorrido en su juventud, muchas casas vendiendo joyería, y tasando y llegando a acuerdos gracias a sus conocimientos de gemología. Iba con sus estuches de terciopelo, enrollados como pergaminos, vendiendo esclavas de oro, medallas para la Primera Comunión, cosas así.
En ocasiones, cuando no habían clientes y perfilaba la vitrina de los pendientes de bebés con una gran imperdible completamente abierto formando un largo pincho, es decir, colocaba todos aquellos pequeños elefantes dorados, lazos, corazones o mariquitas con la orientación adecuada hacia los clientes, me venían imágenes de alguien comprando un anillo de pedida o unas alianzas de boda en la mesa de una cocina muy parecida a la de la casa donde me crié, con café y bizcochos y animadas conversaciones. Imaginaba abuelos comprando pendientes como aquellos para alguna nieta. Aunque por encima de todo, pensaba cómo debía sentar, eso de prosperar con letras mayúsculas, tener un despacho tan imponente como el que ella tenía en la planta alta de aquella casa que era toda de ella, sólo para su negocio, me preguntaba dónde viviría o la cantidad de comodidades que le proporcionaría haber ganado tanto dinero y dedicarse a observarnos por las cámaras, produciéndole aún más.
Todas la envidiaban y la odiaban. Yo no la envidiaba y creo que tampoco la odiaba, aunque no me caía demasiado bien, pero me gustaba, sobre todo su carácter, fuerte. Me suele gustar la gente así, en realidad siempre me ha gustado la gente así, porque yo también sería de ese modo si pudiera permitírmelo. 
Cuando te conceden el honor de la relación laboral personas de este tipo, el truco no es otro que ser invisible. Ser eficiente en el grado adecuado, no demasiado, ser aseada, moverse con soltura y alegría con los clientes y sobre todo no mostrarse desocupada o despistada. Disimula si se da ese caso. Obtuve una gran formación para la vida.
Para algunas de las chicas, era más complicado, o eran demasiado guapas, a otras les podía el afán de notoriedad o ambas cosas. Normalmente las chicas agraciadas no saben lo que es pasar desapercibida, no entienden que eso sea posible y tampoco se han molestado en ejercerlo jamás, así que, teniendo en cuenta que éramos todas bastante jóvenes, con no demasiada experiencia, salvo en muchos casos, aquella que nos daba el sentido común, no era raro presenciar algún batacazo.
Por ejemplo, a la pregunta ¿Quién se encargó de limpiar el baño ayer?, era mejor que respondiera la persona que lo había hecho. Porque, en primer lugar preguntaba de manera gratuita, aquel sitio tenía cámaras en cada rincón y obviamente sabían quién limpiaba sin levantar la alfombra, quién iba al baño más a menudo, y quién hacía lo que fuera. Y en segundo lugar, ser una chivata, te ponía en una situación tan humillante frente a ellos como frente a nosotras, que a partir de ese momento, aunque tuvieras que limpiarlo durante varios días seguidos como escarmiento, ya no confiaríamos en ti.
No era bueno acaparar ningún tipo de atención sobre tu persona, cualquier desliz te podía convertir en el blanco de gritos, insultos y reproches, que corrían por las escaleras de parquet tapizado que llegaba hasta nuestro baño de la planta baja. Y todas nos retocábamos antes de empezar la jornada a las diez en punto, en un silencio miedoso y morboso, de alivio en cierto modo por no ser ninguna de nosotras.
Uniformidad: falda negra de tubo con sólo dos dedos por encima de la rodilla, Blusa de raso gris, medias mate negras de densidad cuarenta, pelo perfectamente planchado y suelto, zapatos negros de tacón medio y maquillaje que comprende: base, sombra de ojos, brillo de labio y colorete, todo ello en cantidad.
Del maquillaje aprendí tanto como de los tipos de cadenas existente y sus medidas o de cómo colocar una exposición de juegos de gargantillas y pendientes, por precios y familias. Del maquillaje lo que había que saber es que querían que usaras muchísimo, no querían ver tu color de piel.
Podían coger tu bolso y comprobar lo que traías en el neceser. Fantasee con la idea de dejar una nota con algún mensaje para saber qué pasaba, pero un día simplemente me comentaron que el tono de sombra de ojos que tenía no era la mejor, que usara otra y cambiara el rímel que estaba casi seco, de paso, para colmo del bochorno por el que estaba pasando en presencia del resto de compañeras, me indicaron dónde poner el colorete según la forma de mi cara y cómo disimular mi nariz. 
En aquel tiempo, sólo me recuerdo usando mascarilla para el pelo, lavando a mano medias cada día, retocando el esmalte de mis uñas como ellos querían y poniendo cada noche los pies en agua tibia con sal mientras miraba la pared de la habituación en la que vivía por aquella época. No recuerdo casi nada de mi vida privada, sólo a toda aquella gente y las diferentes partes de mi cuerpo que debía atender para limpiar y enmascarar como hacía en el trabajo con las cristaleras y las exposiciones que habían en ellas con cuero blanco y terciopelo rojo o negro.
Con todo aquel brillo se ocultaban infinidad de asuntos, era una ventaja con la que ellos contaban. Un lugar donde todo era luz, centelleos, resplandor, destellos, cursilería luminosa ¿Quién experimentaría un sentimiento negativo? 
En la oficina, antes de marcharnos a casa, subíamos a despedirnos y daba lugar una pequeña reunión. La veía al fondo, junto a la ventana, en su mesa caoba imponente, evaluando un brazalete de oro blanco con un diamante con mejor o peor corte, según ella iba anunciando a alguno de los asistentes. Al salir, pasábamos por todo un laberinto de puertas, cerraduras de seguridad, pantallas con números en los que introducir unas claves que sólo ellos conocían e incluso colocar una pesada barra de hierro hecha a medida, que sólo podíamos colocar entre varios con otro candado más.
Al entrar pasábamos por el mismo proceso a la inversa, creo recordar que habían unas seis anchas y pesadas puertas por las que se debíamos pasar para acceder a la casa, a las oficinas de la planta alta y a la tienda en la planta baja a nivel de calle, nosotras entrábamos por un lateral.
El interior era tan recargado y oscuro, pese a las grandes ventanales que daban a la calle, que en una ocasión me soprendió ver un hueco metálico dónde normalmente había un cuadro igual de ostentoso que el resto de objetos, de donde su esposo sacaba los sobres con nuestros sueldos cada mes, mientras intentaba ser gracioso haciendo bromas con nuestros nombres. Ese día era más fácil reír, cuando te dan un sobre con unos cuantos billetes dentro, aunque tuvieras los dedos de los pies destrozados por los tacones y por agacharte cien veces al día a coger la mercancía o aunque ese mes hubiera que dar diez o veinte de los euros que habías ganado para el regalo de cumpleaños de alguno de ellos. Por supuesto no era voluntario. A veces me sentía en el siglo XIX aunque hacía unos cuantos que habíamos pasado el cambio de milenio.
Me dio pena irme, porque me perdía las reuniones clandestinas con el resto de las compañeras en los bares universitarios de la zona. Cada una iba por un lado al salir y luego nos encontrábamos en otra parte, porque nos tenían prohibido hablar dentro y mucho más fuera de las horas de trabajo. Debían ser los dueños de nuestra vida, puesto que así lo sentían.
En los bares el plan era parlotear y fisgonear sobre los mitos y leyendas de aquella estrambótica familia que pasaba por todo tipo de trifulcas, fugas adolescentes y cuernos de todo tipo. Toda esa porquería, la aderezábamos con tequila en cualquiera de aquellos bares con nombres estudiantiles.
Años después, me crucé con el marido estrafalario que me daba el estipendio e incluso mi liquidación cuando me fui, pero no me reconoció. Me gustó ver que se me daba mucho mejor de lo que creía ser invisible. En aquel lugar realmente, adquirí una formidable formación para la vida.





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