Escríbelo

Me encantaría que mi historia fuera la de una mujer fatal, esa idea me puede gustar, aunque desde luego no soy ese tipo de hembra. Me gustaría escribir  como ando embobando con el bamboleo de las caderas al detective pringado de turno, en un polvoriento despacho dibujado por la luz de la urbe, filtrada a través de la persiana y al final traicionarlo e irme con todo el botín. Sí, se nota que me he criado en los noventa.
De donde vengo, ser pobre no es algo que puedas ocultar tan fácilmente con medias de seda, tacones de aguja y carmín rojo burdeos.  Ser pobre era vestir con la ropa de tu hermana mayor, totalmente pasada de moda, reservar el único suéter de marca limpio, para el día que salías a comer pipas en la plaza, allí donde los demás podían verte. Nada de glamour, sólo realidad.
Estoy en blanco, supongo que es el tedio. No tener ganas de nada es agotador, porque tengo consciencia y la muy hija de perra no me deja ser una borrega que se acuesta en el sofá a ver realitys de tartas imposibles, cambios de imagen o películas para la televisión. Me gustaría poder hacerlo sin este sentimiento de culpabilidad martilleando mi coco.
Llevo años imaginando que llegaría a ese estado de gracia en el que me sentaría en una mesa a escribir y no pararía hasta tener una historia acojonantemente buena, no una rebuscada y llena de reseñas históricas y culturales. Hablo de una historia redonda, con todo lo que debe tener: mierda, frustración, pena, ira. Una historia de la vida real. En las películas ocurre, eso de que te toca la musa con su gracia y de repente ya has plantado un árbol, amado, tenido hijos, comprado un monovolúmen diesel, te has hipotecado y tienes un labrador marrón oro en la puerta con el periódico en la boca, y en él, en ese periódico, viene la lista de ventas anuales de libros, y adivina, el tuyo es el número uno. En el cine pasa toda esa mierda, en normalmente noventa minutos y a una se le pasan diez años de tocar fondo con aparente mayor rapidez y sin la mitad de logros.
Eso es lo que quieren todos, seas rico o seas pobre. Esa especie de sueño único da un miedo de narices. Deberíamos pensar en cuánto cuesta a alguien que hereda la ropa de la hermana, plantearse siquiera tener un coche, o en cuánto no le cuesta a alguien pobre, encorvarse y no mortificarse, cuando cada cosa que quiera lograr en este mundo se convierta en subir al Everest y bajarlo. No hay familia, los amigos también cuestan tiempo y dinero, y subir al Everest y bajarlo cada vez, es como llenarse la boca de miel y ahogarse con ella.
Pienso en el sentido común e intento agarrarme a él como si fuera una pócima milagrosa.
De todas maneras, no hay frases o dichos populares que recen: "El sentido común mueve montañas", "Lo último que se pierde es el sentido común", o tal vez, "La fortuna favorece a los que tengan sentido común". No señora, juraría que esas frases eluden a la audacia, la esperanza o gilipolleces de ese tipo, que en el fondo no son más que debilidades, que son en realidad nuestros puntos fuertes y yo no puedo dejar de acordarme de esos sueños en los que uno sale desnudo a la calle y de repente está en el trabajo y todo el mundo le mira. O de que ser pobre le da un halo de supervivencia poética al protagonista de las historias, pero en la vida real nos da asco y miedo.
Es difícil escribir una buena historia cuando se es un cínico, porque en el fondo de tu ser, sabes que nada es definitivo y ni tu mismo te creerías, que el bueno se quede con quien le gusta y sea feliz, porque como mucho, eso le duraría un par de años, y no vas a estar escribiendo todo eso también, no te levantarías jamás, te crecería el culo demasiado. 
¿Todos hemos pensado que le pasaría a la Sirenita después de dejarlo todo por un príncipe al que no conoce, o a Leeloo un poco harta de Korben, que no es más que un ser humano de lo más deleznable, siendo ella es el Quinto Elemento, un ser perfecto?
Por qué lamentarse con la vida que te hubiera gustado tener, ahora que ya lo ves como un imposible. Escríbelo y acaba con ese estúpido melodrama.
Había una vez, una mujer simple fatal, que escribía un simple blog, que además ya estaba pasado de moda, pero a la que un día, sin saber muy bien cómo, se le ocurrió que eso daba igual ... y siguió escribiendo.