Maléfica

A mi perra le doy lástima o eso creo.
Por las mañanas, al despertarme, me mira desde su camita, al lado de la mía, entorna los ojos para verme asomada desde arriba. Casi con seguridad, le da pena, sabe que por las mañanas no llego ni a medio persona. 
Durante un par de minutos, intenta animarme, me mueve el rabo, hace esos ruiditos que hace ella cuando le da gustito que la acaricien, se tapa con las patitas el hocico, todas esas cosas adorables. Y yo a medio gas.
El otro día, (esto abarca de un día solo existente en mi cabeza a algo que me ocurrió el miércoles por la mañana o ninguna de las dos cosas) mi perra empezó a tener una conversación casual conmigo.
- Da pena verte joder, a ver si cuando me sacas por la mañana le echas un poco de brío.
Mientras me tomaba el café, se quedó a mi lado y de vez en cuando se asomaba por la persiana de la solana para mirar la calzada y anunciarme que ya otros perros del barrio estaban paseando alegremente por nuestra calle, mientras yo aún estaba con un ojo a medio abrir, encorvada mirando el café y con las piernas entumecidas.
- No es por criticar- dijo socarronamente - Pero el retriever del otro bloque ya está haciendo running con su dueño.
- ¿A esta hora?
- No te sorprendas tanto, lo que pasa es que la gente se despierta con energía, no se quedan mirando el café diez minutos antes de poder siquiera plantearse entrar en la ducha y vestirse.
- ¡Es que son las siete de la mañana!
- ¡Pues eso, tarde! como sigas así se demora mi siesta de la mañana, cuando tu ya no estás y puedo dormir sola y a gusto.
- Ok.
- Te doy la patita y me siento porque me das golosinas, si yo llegara al bote, se sentaba quien yo te diga.
Fui cabizbaja y realicé toda la maniobra matutina habitual que consta de ducha, uniformidad, calzado y gafas de sol. En todo ese tiempo, ella iba y venía y me enumeraba cada perro, gato, persona y pájaro que ya estaban disfrutando del maravilloso día, mientras soportaba el espectáculo de mi pachorra. 
En el fondo, quiero pensar que le doy lástima, pero me da miedo. Aquí la prueba de la malignidad a la que me enfrento cada día:


Maléfica Yoko