Misterios estivales

Estoy todo el día trabajando, rodeada de gente que no me quiere, de otras personas a las que veo o debo tratar de manera fugaz y no sólo no me quieren, sino que pretenden que sus problemas sean los míos y que me quede sin trabajo y en la calle porque su smartphone se ha caído por el wc. Trabajo en turno de mañana y de tarde, lo que se traduce que no tengo vida privada, sólo aquella que observa pasear a Yoko al mediodía con mi pareja para ponernos al día de esto y aquello. Yoko nos ha dicho que como sigamos así, se volverá conflictiva y tendremos que recurrir a diez mil psicólogos o a Hermano mayor para encauzar este amor por entregas que le mendigamos, que los huesitos sabor a salmón no lo son todo, que las delicatessen con pollo y zanahoria de los días de fiesta no lo son todo.
Pienso en todas esas cosas mientras miro el nuevo muelle de mi barrio, donde la gente ya se estira con sus toallas a tomar el sol y a chapotear saltando desde ese reluciente montículo de cemento. 
Vuelvo a casa recordando la sensación de libertad que daba esta época estival, el ritmo era otro, el cuerpo se relajaba, el salitre era el mejor tónico facial, el pelo se aclaraba, y comíamos helado mañana tarde y noche, a veces los hacíamos en el congelador de casa. Corroboro que la niñez sigue teniendo esa esencia cuando cruzo todo el barrio lleno de puertas abiertas a media tarde, con televisores emitiendo historias de amor adolescente, exactamente iguales a las de antes.
Puerta tras puerta, el eco me lega de manera intermitente, distintas voces, con diferentes acentos, melodramas de todo tipo donde el amor triunfará como pasa siempre.
Mi amor. Huyamos de aquí. No te lo permitiré, no lograrás separarnos.
El obvio final feliz llegará, pero se dejan engañar un buen par de episodios, anestesiando el final del día, al que le sucederá otro igual de calmado. Ese ondulante y quedo tempo, como el vaivén del mar que lame la arena de la orilla.
Ahora soy observadora de esa felicidad placentera que suponía dedicarse todo el día a uno mismo, sin mirar siquiera el reloj, como si mi turno ya hubiera pasado.  Pero no me entristece a pesar de todo, es una bonita sensación de continuidad.
Pensé si habría alguna casa abandonada en las cercanías para hacer una expedición clandestina como planeamos mi prima y yo en mi pueblo algunos veranos. El misterio estaba ahí acechando tras una casa de candado oxidado, una vivienda de puerta y ventanas de madera verdes. Una casa misteriosa que albergaba más incógnitas de lo que creímos a priori y que incluso en el último momento dudamos de si entrar o no: Una persona desaparecida a la que nunca se halló. 
Sigo recorriendo las calles del interior del barrio que me llevan hasta mi casa y sonrío al recordar todo aquello. 
Recuerdo los interrogatorios a madres y vecinos y nadie terminaba de explicarnos que había ocurrido en aquella casa y dónde estaba esa familia. Hasta que por insistencia, alguien soltaba prenda, hacíamos bien de agentes secretos de investigación. "Algunos creen que está ahí, que la propia familia lo despachó porque era ruin acabado". La gente no filtraba al hablar con niños, no se sabía que era de eso de los traumas o los terrores nocturnos, te soltaban aquello, quizás para que dejaras de hacer preguntas, o para que les dejaras en paz o para que dejaras de merodear por la zona. Hizo efecto, alguna noche pasé corriendo, porque además de todo, era mi trayecto habitual para regresar a casa desde la de mi prima. Todo se volvía más tétrico y menos aventurero. "No creo que quieran volver", nos dijo otro, puesto que se suponía que los hijos seguían vivos, por ahí, no sabíamos dónde.
El misterio, era una ruptura del sosiego que nos daba el verano, decidimos sucumbir a la tradición habitual de ver "Salvados por la campana" y preparar los desayunos que veíamos en las series de televisión, para ocupar nuestra mente y no dejar momento para  hacernos reproches por nuestra cobardía.
Pero el misterio sigue vivo, aquella casa sigue inamovible, aquí no hay casas así, así que supongo que habrán otros misterios que descubrir, no sé cuáles, me gustaría preguntarle a alguno de estos niños que corretean en la Plaza Adelfas.
La sensación de continuidad perdura, esa sensación de suspense también, ahora sencillamente no tengo tiempo, no tengo vida para plantearme siquiera como vivirla o como resolver un enigma. Me gusta que ese este ahí, anclado en esos recuerdos y tener esa anécdota, cuando podías estar con gente cercana y podías pasar horas urdiendo locas teorías, la vida era larga y ancha, sin prisa.
He buscado una imagen que se aproxime a la realidad y ¡voilá!

Es así más o menos