Cuando quieres volver a ser inocente.

Atrapé a la pequeña criatura por el rabo. 
Era regordete, con una larga barba negra y de piel morena.
Cuando come le queda la barba decorada como un arbolito de navidad. Le encantan los pasteles, las galletas y el chocolate con frutos secos. Así que, cuando lo agarré después de sorprenderlo en medio de su atracón en mi cocina, muchas de las migas caían aquí y allá, haciendo unos tímidos ruidos a nuestro alrededor. 
Ya empezaba a amanecer, y al mirarle a los ojos, así sujeto como lo tenía boca abajo, decidí que era bueno y los dos nos reímos de aquella extraña situación.
- ¿Qué gracia verdad?- me dijo.
Haciendo de buena anfitriona, le ofrecí una buena bebida caliente y mi mejor conversación. Preparé té con canela de sobra, chocolate a la taza, y una jarra leche a parte. Repuse la bombonera medio vacía y puse en mis mejores bandejas todas las galletas, pastas y magdalenas que tenía en casa. 
Nos sentamos junto a la ventana, para poder ver el amanecer, y ver el cielo en su transformación. Él se reía de las diferentes formas de las nubes porque son graciosísimas y no paraba de silbar alegres melodías sin sentir vergüenza porque nos acabáramos de conocer y además en unas circunstancias tan singulares. 
- Me gustaría que volvieras a visitarme- le dije al fin.
- Lo haré, pero no siempre me podrás ver-
- ¿Has venido antes?-
- ¡Muchas veces!- 
En contraposición a él, yo me mostré algo perpleja y no paré de hacerle preguntas esperando que me explicara por qué nunca nos habíamos visto o por qué nunca me había avisado de sus visitas.
- Si te hubiera avisado de mi visita, entonces no habría tenido gracia, ¿No crees?-