Cuerpo a cuerpo

Me aferré con fuerza a mi arma. Me corría el sudor por todo el cuerpo y el olor a sangre impregnaba mis pulmones. Sentía las nauseas ir y venir, la adrenalina me mantenía alerta, pero las rodillas me temblaban por momentos sin poderlo remediar.
Todas las horas que había pasado en la arena de entrenamiento, aquellas largas tardes de gritos y castigos, me parecían insuficientes. 
Allí estaba, dudando, al límite de los nervios y de mis fuerzas, viendo a todo mi grupo caer o retirarse, saturado por las emociones. De entre todo el tumulto, en un pequeño claro, como un haz de luz, una silueta.
Un contorno perfecto y de movimientos hipnóticos. Cierto tipo de paz me invadió y mi mano agarrotada por el esfuerzo, se relajó y dejé caer el hacha que emitió un sonido hueco. Al fin nos encontrábamos, después de aquel verano cuando nos habíamos mirado por primera vez y sin querer, la había amado.
Su rostro se iluminaba como una llama al acercarse a cada paso. Una chispa estalló en sus ojos, impetuosos y sin dudarlo, sin responder a los míos suplicantes, hendió su espada en mi pecho, aproximando todo su cuerpo al mío y cayendo ambos de rodillas en el fango. Aquello era lo más juntos que estaríamos en mi vida, exhalé dichoso mi último aliento junto a su boca.